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“Benarés, India”, de Jesús Aguado

el 12 julio, 2018 en Libro de la Semana

Benarés, India

Benarés, India

Aguado, Jesús

ISBN

978-84-17143-39-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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La verdad es que, bien pensado, eso de ser poeta e irse a vivir a la India es un poco hacer trampa. Y no sólo por el extra de inspiración, amplitud mental y serenidad que ese país, al menos en nuestros prejuicios, ofrece, sino por eso que el propio Jesús Aguado explica en este curioso diario de que en la India tienen un respeto casi supersticioso por los poetas, y si demuestras que lo eres tienes poco menos que inmunidad diplomática desde que te apeas del avión. Estamos exagerando, sí, pero no demasiado: Aguado, según cuenta él mismo, se movía por los pasillos indios con el único libro de poemas suyo en el que aparece su retrato en la solapa, y eso le abrió puertas o le agilizó trámites. “Un poeta siempre es bien recibido en la India”, le decían, y así él podía acceder más rápidamente a sus abluciones civiles o a las gestiones del alma.
Ésa era la parte buena de las estancias en Benarés que recuerda para nosotros en este libro el magnífico poeta malagueño, y la mala eran los mosquitos, el calor, el caos del tráfico, algunas discusiones entre gritos (pues son budistas, sí, pero también humanos). Lo espiritual se une a la calamidad en unas páginas en las que Aguado no incurre en el misticismo postizo y superficial precisamente porque su atracción por las culturas orientales no es eso que ahora se llama “postureo”, sino verdadero trabajo interior, y por otra parte la suya es una erudición realmente generosa, esto es, que no abruma ni fatiga al lector con excesivos datos, sino que lo hechiza y entretiene con algunas pocas cosas que sugieren una inmensidad, un mundo rico, enigmático y sabio al que entregar parte de la vida, y en el que no da miedo morir.
Lo que aquí se cuenta son dos largas estancias en Benarés separadas por varios años, más varias visitas breves, pero nunca queda muy clara la cronología, y se diría de hecho que las dos estancias prolongadas se superponen y se solapan y hasta se confunden, como si la estructura del libro quisiera compartir y hacer suya esa abolición del tiempo que, al parecer, se da en las filosofías del Indostán. Da un poco igual cuándo sucedieron las cosas, parece insinuarse: el caso es que sucedieron y dejaron su poso, su enseñanza, su mensaje, aunque a veces se tarde lustros en estar preparado para descifrarlo y entenderlo. Así sucede, por ejemplo, en el mejor pasaje del libro, cuando Aguado cuenta cómo reconoció en un conductor de carros hindú la misma camiseta verde que, por viejísima y raída hasta el extremo, Aguado había desechado y tirado a la basura con pena quince años atrás: si esa historia es inventada, es una gran idea literaria; si es real, entonces casi estamos hablando de un milagro, una de esas cosas que sólo suceden lejos.
Pero hay mucho más: es sublime y reconocible el endecasílabo con el que Aguado, aliviado, da por terminada una relación amorosa tóxica: “¡Qué hermosos son los búfalos sin ti!”, y en los epílogos al libro recorremos el Ganges en una barquita o visitamos la librería más singular y estrafalaria del planeta. Nosotros, como libreros, hemos de destacar este pasaje, pero sin desvelarlo: esas horas en la librería Motilal, donde una cobra blanca puede perfectamente aparecer y saludarte con la lengua si sacas de las estanterías algún volumen, o donde la gente se queda a dormir entre cucarachas y ratones (que, estando en Benarés, pueden ser parientes cercanos), o donde el librero, al vender un libro, lo estrella contra el suelo de plano para librarlo del polvo acumulado en décadas… son impagables, y ponen una de sus tres guindas epilogales a un libro realmente particular, diferente, dueño de un extraño equilibrio y una armonía inexplicable entre tanto salto temporal, tanto cambio de tema, tanto poema (bueno) interpolado, tantas horas muertas (pero no vacías) de meditación. Un cuaderno tan sencillo casi como su título, pero también complejo, estratégicamente misterioso, naturalmente raro.

“Conocer Irán”, de Patricia Almarcegui

el 28 marzo, 2018 en Libro de la Semana

Conocer Irán

Conocer Irán

Almarcegui Elduayen, Patricia

ISBN

978-84-16247-73-8

Editorial

Fórcola Ediciones

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Conocer Irán es un libro extraño. Estupendo, pero extraño, lo cual es otro aliciente. Quien quiera hacer eso a lo que invita el título probablemente se quede algo desconcertado, porque es un libro demasiado personal y libre como para ello, de modo que por aquí tendemos a pensar que lo que en ese rótulo se indica es una experiencia de la autora, su propio conocimiento, y no una promesa: no algo que se ofrece, sino más bien algo que se comparte generosamente, y con buena calidad literaria. Sobre la situación sociopolítica de Irán en la actualidad se rescatan en las primeras páginas unos artículos de la autora exhumados ahora de la prensa digital, y en ellos sí nos enteramos de muchos asuntos pertinentes, pero es en las páginas testimoniales de su propio viaje (que son las que constituyen el grueso de un volumen que, en todo caso, es muy breve) donde el libro se hace literatura, crónica apasionada, algo duradero y especial.

Para que un viaje merezca ese nombre, y no sea un paseo por el mundo, ha de tener algo de errático, de improvisado, de imprevisible. Almarcegui lo sabe y se entrega a ello, sin planes y casi sin mapa, aprovechando las oportunidades, dejándose llevar, entregada a un azar que siempre trae premios. Almarcegui, además, hizo bien los deberes de lectora y sabe que “la literatura de viajes se caracteriza por la reescritura. El itinerario se prepara con los libros de otros viajeros”. Con esa protección adicional de las lecturas, más útiles que cualquier visado, Almarcegui se va sola a Irán siete semanas de 2005, y allí disfruta de los jardines, de los paisajes, de las ciudades demenciales y los desiertos vacíos, y lo hace con ojos curiosos, indagadores, y a veces hasta de poeta: “¿Qué sentiría la primera persona que abrió una granada y miró en su interior?”.

Pero, previsible y desdichadamente, que una mujer viaje sola tiene todavía sus precios, sus peligros, sus valentías, y Almarcegui ha sabido expresar cómo pocas el temor a las pisadas que te siguen y a los acosos (que no proceden tanto de los iraníes como de los compatriotas: a veces los hoteles son más tramposos que las calles nocturnas), lo abusivo de las preguntas (“¿Y tu novio te deja viajar sola?” es casi un estribillo en este cuaderno de notas), el hartazgo de tener que temer cuando sólo se busca plenitud, libertad, renacer. En ese sentido es éste también un libro muy pertinente, y, aunque no se centra en ello en absoluto, aporta la variante viajera a la necesaria serie de denuncias y reivindicaciones de signo feminista que vienen publicándose últimamente.

Más volcado hacia el interior (incluso hacia los recuerdos) que hacia el exterior, este libro narra un viaje más íntimo que social, más introspectivo que explorador. Y en eso reside buena parte de su encanto, y del éxito del resultado. Es un libro confidencial, generoso, finalmente feliz. Un libro pequeño y grande. Un libro sugerente y revelador. Hacen falta testimonios de gente satisfecha que sin embargo continúa en busca de su sentido, conforme y ambiciosa a la vez. Aquí tenemos un ejemplo muy conseguido.