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“La larga carretera de arena”, de Pier Paolo Pasolini

el 23 julio, 2018 en Libro de la Semana

La larga carretera de arena

La larga carretera de arena

Pier Paolo Pasolini

ISBN

978-84-16529-64-3

Editorial

Gallo Nero Ediciones

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A sus treinta y siete años, cuando aún no había dirigido ninguna película pero ya se las había visto en más de una ocasión con la Justicia italiana, Pier Paolo Pasolini recibió el encargo de recorrer las playas italianas y escribir un reportaje en tres entregas para la revista Successo. Era el verano de 1959 y todo ardía: “la playa está en la plaza. Las puertas de las casas y los cafés dan a la escasa arena, y, sobre la escasa arena, se esparce la multitud de los grandes días de verano. Una feria estupenda, de rojo, azul y verde, en la que los jóvenes, los niños, las madres, los marineros, la pobre gente, se amontona festiva entre gritos, risas y juegos”.

Pasolini es más poeta en su prosa o en su cine que en su poesía (donde tendía a una amplificación excesiva, a cierta grandilocuencia), y en La larga carretera de arena lo demuestra cada pocas líneas de un modo destellante. Todo es cotidiano y todo le sorprende, y hasta lo vulgar le resulta extraordinario, revelador, digno de exaltación. Según él mismo dice, le “arrastra un gozo tal por ver que es casi como si estuviera ciego”, y el resultado, más que un reportaje de las playas italianas, es una improvisada apología del verano, pura celebración de todo lo que vive.

Ya hay algo gozoso e irresistible simplemente en algunos topónimos –Castellammare, Tarento, Pescara, Cattolica, Chioggia…–, míseros y calcinados (dado que por esos días hasta “el sol arde”), pero Pasolini aporta además su mirada ante los paisajes y junto a las gentes, convencido de que “la curiosidad siempre es más fuerte que la prudencia”: hay una bañista holandesa “bella como un pequeño ciprés”, alemanes “rubios como mazorcas”, “piernas desenvainadas como un par de dagas”, en Nápoles le invade “una peste a pescado que parte el corazón”… Aunque permanece pocas horas en cada lugar (o, directamente, pasa de largo), el viajero no deja de anotar alguna pequeña impresión, una pincelada, un juicio o un prejuicio. Esta edición de Gallo Nero, traducida por David Paradela López, presenta sangrados los fragmentos que no se publicaron en Successo y, aunque no se explican los motivos de esas omisiones, en muchos casos es fácil intuirlos. Sí se dio luz verde, sin embargo, a un fragmento que, al circular, ofendió a las gentes de Cutro (retratado como “el pueblo de los bandidos”), y se reproduce como apéndice la carta que Pasolini escribió en respuesta a esa reacción (y en la que sus explicaciones y disculpas, probablemente, multiplicarían el sentimiento de ofensa, algo muy pasoliniano).

Aunque “el demonio del viaje me empuja hacia el sur”, desde Roma a Sicilia bordeando el Mediterráneo, Pasolini culminó su recorrido subiendo por la costa adriática hasta Venecia y Trieste, lugares bien conocidos por él, playas de su infancia, y así remató un viaje y una crónica que, leídos ahora como libro, constituyen un retrato parcial y un tanto arbitrario, pero también nítido, hiperpoético e hipervital, de las orillas de una Italia que, para bien o para mal, ya era neorrealista. Nosotros hemos leído este libro con los pies metidos en el agua, bajo todo el sol del mundo, rebozados en arena, con los ojos borrosos por la sal… pero no es el único modo de recorrerlo, y podrá ser también un consuelo en el invierno, o acaso un sucedáneo leído tierra adentro. Sea como sea, la lectura de este libro supone un jolgorio elemental, algo un tanto primitivo, pues es una defensa de la vida en estado puro, del dejarse llevar, de la improvisación estratégica y de la indolencia atenta, de la pereza vigilante, del placer trabajador. Un libro perfecto para el verano, entendiendo que el verano lo es todo, que siempre es verano, y que la vida, aparte de una estirada carretera flanqueada por playas, es un largo y refulgente mes de agosto en el que sumergirse a conciencia, pero también un poco inconscientes.

Siete viajeros

el 18 julio, 2018 en Recomendaciones temáticas

Muchas veces hemos escuchado eso de que leer es viajar, o de que, cuando antiguamente sólo unos pocos intrépidos podían viajar realmente, leer era una forma de trasladarse a otros lugares, soñar con ellos, imaginarlos… La lectura, pues, entendida un poco como triste sucedáneo. Pero a algunos de nosotros nos ocurre algo muy distinto y, ahora que se han acabado los viajes de verdad y que sólo queda la posibilidad de dejarse trasladar por el mundo, seguimos desplazándonos por ahí, ante todo, para poder leer mejor, para tratar de entender más profundamente cosas que hemos leído. Cuando uno pasa un par de noches en la Vega de Granada comprende mejor los poemas (y el teatro) de Federico García Lorca, hasta que no se pasea unas horas por las cuadriculadas calles de Oak Park no se siente que se va a poder descifrar mejor los cuentos de Hemingway, etcétera. Que cada uno ponga sus ejemplos, pues todos lo habremos sentido en algún momento, en algún lugar, de modo que insistimos: no leemos para viajar de otro modo, como consolación, sino que viajamos en busca de claves de lectura, de pistas, de señales, de confirmaciones…

 

ESTAMBUL, de Orhan Pamuk (Literatura Random House)ESTAMBUL, de Orhan Pamuk (Literatura Random House)

Pero, eso sí, también se pueden hacer viajes y expediciones y exploraciones apasionantes en tu propia ciudad natal, en el lugar donde has vivido siempre…, lanzar declaraciones de amor a tus calles que a la vez rebosen erudición por su historia, apego por sus habitantes, implicación en sus sucesos y sus leyendas y, una vez más, sus relatos. Orhan Pamuk arrebató a los lectores de todo el mundo en 2005 con su retrato sentimental de Estambul, y muy probablemente ese libro fue determinante para que se le concediese el Premio Nobel al año siguiente. Ahora ha aparecido una edición de Estambul. Ciudad y recuerdos que se presente como “definitiva” y que es realmente suntuosa, irresistible, al incluir el texto original de Pamuk, acompañado de nuevos paratextos y, sobre todo, ilustrado con una magnífica y voluminosa colección de fotos y postales de la vieja Constantinopla. Pocas veces una ciudad se ha visto traducida a libro de un modo tan espectacular y satisfactorio.

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TODAS LAS HISTORIAS, de Enric González (RBA)TODAS LAS HISTORIAS, de Enric González (RBA)

Es un lugar común que buena parte de la mejor literatura contemporánea se ha podido leer en los periódicos, en las columnas de opinión, en las crónicas deportivas o taurinas, en las entrevistas, en la crítica literaria o musical o de teatro… ¿Y qué haríamos sin los corresponsales? Enric González ha practicado buena parte de los géneros periodísticos recién listados, pero fue al “tomar el pulso” de Nueva York, de Londres o de Roma donde González ofrece lo mejor de sí, páginas amargas o desternillantes, apasionadas o escépticas, luminosas o medio tétricas. Con necrológicas y con exaltación, entre la gloria y la elegía, y con felicísimas incursiones futbolísticas, esta recopilación (con recapitulación) de todas sus crónicas es una lección de periodismo, esto es, una lección de literatura, es decir, una lección de la más ruidosa y apacible vida.

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EN LA PATAGONIA, de Bruce Chatwin (Península)EN LA PATAGONIA, de Bruce Chatwin (Península)

En el que es el libro más clásico de un verdadero clásico de los viajes del siglo XX, Bruce Chatwin ofreció, aparte de una ópera prima asombrosa, todo un ejemplo de cómo contar una peripecia personal por el fin del mundo (o por lo que todavía resultaba el fin del mundo a las alturas de 1977 para alguien nacido en Sheffield en 1940). Es famoso que, en su caso, la “magdalena” que desencadenó todo fue el fragmento de una supuesta piel de brontosaurio llegada de la Patagonia que su abuela guardaba y exhibía en una vitrina. Había sido un primo de esa abuela el que, décadas atrás, recogió la reliquia que fascinó al niño e iluminó su infancia, y ese pequeño cuero, casi a modo de mapa, guió sus pasos hacia el otro costado del mundo, de donde Chatwin no se trajo restos orgánicos sino uno de los libros más apasionantes que hemos leído.

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VIAJAR, de Robert Louis Stevenson (Páginas de Espuma)VIAJAR, de Robert Louis Stevenson (Páginas de Espuma)

Lo ideal es que las páginas sobre determinados lugares, ya sean propios o ajenos, ya sean visitados durante unas pocas horas o estén habitados por el cronista durante años…, se complementen con algún tipo de teoría del viaje, o que por lo menos se adivine que subyace en ellas una filosofía, un punto de vista particular y original. En este libro se reúnen los ensayos que Robert Louis Stevenson aportó en esas dos líneas, tanto las descripciones de lugares (desde su Edimburgo natal a, por ejemplo, Nueva York, pero siempre en Europa y América, sin llegar a esas legendarias Islas del Sur sobre las que escribió narraciones y en las que acabó muriendo) como sus reflexiones al hilo de los desplazamientos, del vagabundaje, de la errancia (entre los que destaca, traducido ahora por Amelia Pérez de Villar, esa glosa a William Hazlitt, “Viajes a pie”, que también acaba de reproducirse en Caminar).

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VIAJES CON CHARLEY, de John Steinbeck (Nórdica Libros)VIAJES CON CHARLEY, de John Steinbeck (Nórdica Libros)

“Cuando yo era muy joven y sentía dentro ese ansia de estar en otro sitio…” Hay primeras frases que son reconocibles incluso la primera vez que las lees, y quienes hayan leído Las uvas de la ira, o Al este del edén, o ese cuento maravilloso que es Los crisantemos, o ese desgarrador making of de Las uvas… que se tituló Los vagabundos de la cosecha… sabemos que estamos en casa en cuanto leemos ese arranque, lo cual es paradójico, pues se trata de un libro en el que John Steinbeck, ya con cincuenta y ocho años, comprendió que había olvidado lo que eran los Estados Unidos reales y se fue a recorrerlos con su perro Charley y su vieja furgoneta Rocinante. Su concepto de viaje era el romántico: “no hacemos un viaje: nos hace él a nosotros”, pues “un viaje es como el matrimonio: la forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas”, de modo que en estas páginas regresamos a la esencia del género: territorios inhóspitos mirados y contados con inteligencia y talento. Este libro nos lleva a nosotros a “la América profunda”, y a Steinbeck lo llevó a Estocolmo cuatro años después.

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CONFINES, de Javier Reverte (Plaza & Janés)CONFINES, de Javier Reverte (Plaza & Janés)

Quienes por una parte admiramos los libros de Javier Reverte, seguramente el mejor escritor español vivo de viajes, y por otra somos adictos a todo lo que llegue del Gran Norte, encontramos en este Confines. Navegando aguas árticas y antárticas una pequeña cajita de sueños y placeres, con la ventaja de que también se nos lleva en él a lo más meridional. A través, fundamentalmente, de conversaciones con lugareños (inolvidable aquella con la “malcasada” noruega o,algo más inquietante pero no mucho menos divertida, la que mantiene con el pinochetista), Reverte acierta a levantar un retrato contemporáneo de esos extremos, aunque en lo que respecta al Sur también ensaya una historia de las exploraciones, los intereses, las carreras, las gestas más o menos logradas.

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LA ISLA, de Giani Stuparich (Minúscula)LA ISLA, de Giani Stuparich (Minúscula)

Si las crónicas de viajes son, al cabo, un subgénero de la narrativa, hay un subgénero de ese subgénero que consiste en la narración del regreso al hogar, a la patria, a la semilla. Esa línea ha proporcionado obras maestras de muchos tipos tanto en la narrativa (como la sublime Conversación en Sicilia de Elio Vittorini) como incluso en la poesía (el poema “Reference Back” de Philip Larkin…), y aquí traemos otra nouvelle muy celebrada, cuyo epiloguista, Claudio Magris, califica con razón de “relato admirable de vida y muerte”. Un moribundo pide a su hijo que le acompañe por última vez a la pequeña isla adriática en la que aquél nació, pues, como dirá después, ya llegados, “de viejos nos gusta asegurarnos de que el mundo no ha cambiado del todo”… Contado principalmente desde la perspectiva del hijo treintañero, éste es un relato precioso sobre la nostalgia preventiva, sobre cómo amar lo que se apaga.

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“Benarés, India”, de Jesús Aguado

el 12 julio, 2018 en Libro de la Semana

Benarés, India

Benarés, India

Aguado, Jesús

ISBN

978-84-17143-39-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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La verdad es que, bien pensado, eso de ser poeta e irse a vivir a la India es un poco hacer trampa. Y no sólo por el extra de inspiración, amplitud mental y serenidad que ese país, al menos en nuestros prejuicios, ofrece, sino por eso que el propio Jesús Aguado explica en este curioso diario de que en la India tienen un respeto casi supersticioso por los poetas, y si demuestras que lo eres tienes poco menos que inmunidad diplomática desde que te apeas del avión. Estamos exagerando, sí, pero no demasiado: Aguado, según cuenta él mismo, se movía por los pasillos indios con el único libro de poemas suyo en el que aparece su retrato en la solapa, y eso le abrió puertas o le agilizó trámites. “Un poeta siempre es bien recibido en la India”, le decían, y así él podía acceder más rápidamente a sus abluciones civiles o a las gestiones del alma.
Ésa era la parte buena de las estancias en Benarés que recuerda para nosotros en este libro el magnífico poeta malagueño, y la mala eran los mosquitos, el calor, el caos del tráfico, algunas discusiones entre gritos (pues son budistas, sí, pero también humanos). Lo espiritual se une a la calamidad en unas páginas en las que Aguado no incurre en el misticismo postizo y superficial precisamente porque su atracción por las culturas orientales no es eso que ahora se llama “postureo”, sino verdadero trabajo interior, y por otra parte la suya es una erudición realmente generosa, esto es, que no abruma ni fatiga al lector con excesivos datos, sino que lo hechiza y entretiene con algunas pocas cosas que sugieren una inmensidad, un mundo rico, enigmático y sabio al que entregar parte de la vida, y en el que no da miedo morir.
Lo que aquí se cuenta son dos largas estancias en Benarés separadas por varios años, más varias visitas breves, pero nunca queda muy clara la cronología, y se diría de hecho que las dos estancias prolongadas se superponen y se solapan y hasta se confunden, como si la estructura del libro quisiera compartir y hacer suya esa abolición del tiempo que, al parecer, se da en las filosofías del Indostán. Da un poco igual cuándo sucedieron las cosas, parece insinuarse: el caso es que sucedieron y dejaron su poso, su enseñanza, su mensaje, aunque a veces se tarde lustros en estar preparado para descifrarlo y entenderlo. Así sucede, por ejemplo, en el mejor pasaje del libro, cuando Aguado cuenta cómo reconoció en un conductor de carros hindú la misma camiseta verde que, por viejísima y raída hasta el extremo, Aguado había desechado y tirado a la basura con pena quince años atrás: si esa historia es inventada, es una gran idea literaria; si es real, entonces casi estamos hablando de un milagro, una de esas cosas que sólo suceden lejos.
Pero hay mucho más: es sublime y reconocible el endecasílabo con el que Aguado, aliviado, da por terminada una relación amorosa tóxica: “¡Qué hermosos son los búfalos sin ti!”, y en los epílogos al libro recorremos el Ganges en una barquita o visitamos la librería más singular y estrafalaria del planeta. Nosotros, como libreros, hemos de destacar este pasaje, pero sin desvelarlo: esas horas en la librería Motilal, donde una cobra blanca puede perfectamente aparecer y saludarte con la lengua si sacas de las estanterías algún volumen, o donde la gente se queda a dormir entre cucarachas y ratones (que, estando en Benarés, pueden ser parientes cercanos), o donde el librero, al vender un libro, lo estrella contra el suelo de plano para librarlo del polvo acumulado en décadas… son impagables, y ponen una de sus tres guindas epilogales a un libro realmente particular, diferente, dueño de un extraño equilibrio y una armonía inexplicable entre tanto salto temporal, tanto cambio de tema, tanto poema (bueno) interpolado, tantas horas muertas (pero no vacías) de meditación. Un cuaderno tan sencillo casi como su título, pero también complejo, estratégicamente misterioso, naturalmente raro.

“Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas”, de Paloma Ulacia Altolaguirre

el 9 julio, 2018 en Libro de la Semana

Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas

Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas

Ulacia Altolaguirre, Paloma

ISBN

978-84-17266-46-2

Editorial

Editorial Renacimiento

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Concha Méndez (Madrid, 1898 – Ciudad de México, 1986) nació en una familia acomodada. La mayor de once hermanos, estaba destinada a ser una «niña bien» que pasaría la vida entre bailes y paseos, sin muchas preocupaciones. Pero era una mujer de carácter que no entendía el mundo y quería hacer algo para cambiarlo. Fue poeta, editora, impresora, viajera, campeona de natación, una de las fundadoras del Lyceum Club y de las primeras mujeres que se atrevieron a quitarse el sombrero en un gesto provocador.  Ya de niña mostró su carácter rebelde cuando un amigo de su padre, de visita en su casa, preguntó a sus hermanos qué querían ser de mayores y ella, que no estaba incluida en la pregunta (porque “las niñas no son nada”), se rebeló diciendo que sería capitán de barco.

En sus veraneos familiares en San Sebastián conoce a Luis Buñuel, con quien empieza un noviazgo que dura siete años. A la señorita de compañía que les vigilaba en sus paseos le parecían bichos raros: «qué raros son ustedes, son extrañísimos: hablan de cosas que yo no entiendo». Buñuel, que le regalaba insectos y ratones blancos, jamás la mencionó en ninguno de sus escritos y la mantuvo al margen de su vida en la Residencia de Estudiantes. Pero Concha no necesitaba al cineasta para llegar hasta sus amigos: quiso conocer a Lorca y lo llamó presentándose como «la novia desconocida de Buñuel». «Y ahora, entre tanta gente putrefacta con quien trato, mi consuelo es escribir y pensar en vosotros [...] Verdaderamente, sois lirios entre el fango», escribiría a Federico en una carta. Su mundo se transformó la tarde que escuchó al poeta granadino recitar en el Retiro y descubrió que ella también sabía y quería escribir poemas; allí conoció también a Maruja Mallo, de quien sería gran amiga. Esa misma noche escribió sus primeros versos, que mostró al día siguiente a Rafael Alberti, quien, sorprendido, no podía creer que no llevara tiempo escribiendo. En 1926 publica su primer poemario, Inquietudes (que Ernestina de Champourcín definió como «un prodigio de intuición femenina»), al que seguirán Surtidor, Niño y sombras (a raíz de la muerte de su hijo al nacer), Sombras y sueños y otros veinte poemarios y obras de teatro.

Nada más cumplir veinticinco años viajó a Londres, donde trabajó como profesora de español. Allí coincidió con Salinas y con Lorca y Fernando de los Ríos, que viajaban a Nueva York. En el barco de vuelta, un marinero le regaló el corazón de un pez que aún latía. Después viajó a Argentina.  En Buenos Aires entabla relación con Norah Borges y Guillermo de Torre, quien le publica poemas todas las semanas en La Nación y le ayuda a publicar su poemario Canciones de mar y tierra. Gómez de la Serna le regaló una greguería: «El elefante es un fotógrafo que nos hace una ampliación».

De vuelta en Madrid, Lorca le presenta a Manuel Altolaguirre en el Café de la Granja del Henar. Pronto Concha ofrece al tipógrafo e impresor asociarse: ella pondría el dinero que había ganado trabajando en Argentina para comprar una pequeña imprenta que instalan en una habitación del hotel Aragón. Él hacía el trabajo tipográfico y ella, casi todo lo demás: vestida con un mono azul de mecánico hacía girar la imprenta que alumbró los ejemplares de la revista Héroe, donde publicaron los mejores poetas de la Generación del 27. Ésta fue la primera de las revistas que editarían juntos, después vendrían, entre otras, Poesía, Caballo Verde para la Poesía, 1616, La Verónica (ya en el exilio cubano) y obras emblemáticas como El rayo que no cesa de Miguel Hernández, Primeras canciones de Lorca o La realidad y el deseo de Cernuda. Mucho se ha hablado de la importancia de Altolaguirre en la difusión de las obras de la Generación del 27, pero sin Concha Méndez, probablemente, estas revistas nunca hubieran visto la luz.

En 1932 Méndez y Altolaguirre se casan, lo que supone un escándalo pues ella era siete años mayor. Carlos Morla Lynch decía tener la impresión de que «Manolito se casa con su tía o su mamá». Sus testigos son Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Lorca, Moreno Villa, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén y Morla Lynch. Al salir de la Iglesia de Chamberí, Juan Ramón tiraba monedas a los niños mientras les jaleaba para que gritaran «¡Viva la poesía! ¡Viva el arte!». Con la llegada de la guerra se exiliaron, primero en Cuba y después en México, de donde ya nunca volvieron  más que de visita. En México se hizo construir una casa en un terreno que tenía en el centro un árbol colonial, que ella dejó dentro del salón. A esa casa llegaría a vivir Luis Cernuda en 1952, y en ella murió.

Se puede seguir hablando de la vida de esta mujer enorme mucho tiempo, pero lo mejor es leer sus preciosas Memorias habladas, memorias armadas que recogió su nieta Paloma Ulacia a partir de horas de grabaciones donde la poeta recuerda su vida y que ahora rescata Renacimiento. Unas memorias habladas, armadas, imprescindibles.

Librería Los Portadores de Sueños (Zaragoza)

Los libros de julio de 2018

el 5 julio, 2018 en Los Más Recomendados

Los libros están vivos, y en sí mismos son vida; y los libros son fáciles: se van con cualquiera que los desee; y los libros son promiscuos: no les importa que los compartan y se van a la cama o al sofá con todo el mundo; y los libros son generosos: suelen dar mucho más de lo que reciben, pues, a cambio de unas pocas horas en las manos del lector, éste se queda para siempre con la esencia de aquél, con su enseñanza, con una frase, mientras el otro -los libros son pacientes…- espera a otro visitante. Y son humildes: ni siquiera parece importarles que los dejen a medias… Ya no estamos a las puertas del verano sino en su mismísimo corazón, y llega un tiempo tradicional de lectura, de libros gordos, de clásicos, pro también de los libros más recientes, para que septiembre no nos pille a contrapié. Aquí están las diez propuestas más repetidas y valoradas por los libreros independientes de España, diez libros compatibles con helados, granizados, césped, protector solar y arena. Se mancharán, sí, pero lo importante es que sus historias o propuestas nos salpiquen a nosotros.

La vida en tiempo de paz

La vida en tiempo de paz

Pecoraro, Francesco

ISBN

978-84-16291-67-0

Editorial

Periférica

Mas información

Luz de juventud

Luz de juventud

Rothmann, Ralf

ISBN

978-84-17007-39-3

Editorial

Libros del Asteroide

Mas información

El consumo de patata en Irlanda

El consumo de patata en Irlanda

O'Brien, Flann

ISBN

978-84-17281-59-5

Editorial

Nórdica Libros

Mas información

La edad de la penumbra

La edad de la penumbra

Nixey, Catherine

ISBN

978-84-306-1954-2

Editorial

TAURUS

Mas información

Stop-Time

Stop-Time

Conroy, Frank

ISBN

978-84-17007-41-6

Editorial

Libros del Asteroide

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Conversaciones entre amigos

Conversaciones entre amigos

Rooney, Sally

ISBN

978-84-397-3446-8

Editorial

LITERATURA RANDOM HOUSE

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En defensa de la Ilustración

En defensa de la Ilustración

Pinker, Steven

ISBN

978-84-493-3462-7

Editorial

Ediciones Paidós

Mas información

La hermana menor

La hermana menor

Enriquez, Mariana

ISBN

978-84-339-0806-3

Editorial

Editorial Anagrama

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La tiranía sin tiranos

La tiranía sin tiranos

Trueba, David

ISBN

978-84-339-1620-4

Editorial

Editorial Anagrama

Mas información

Los parentescos

Los parentescos

Martín Gaite, Carmen

ISBN

978-84-17308-88-9

Editorial

Siruela

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“El libro del mar”, de Morten A. Strøksnes

el 28 junio, 2018 en Libro de la Semana

El libro del mar

El libro del mar

Stroksnes, Morten

ISBN

978-84-9838-873-2

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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Hubo unos años, y todavía no hace demasiados, en los que buscábamos un poco de magia, no sólo wi-fi, y para eso los libros ayudaban mucho. Se ha dicho repetidamente que las buenas historias son como un atajo para acceder a una vida más plena (en la cual la imaginación tiene mucho que decir), pero los buenos lectores no queremos atajos sino caminos, no un milagro sino un proceso, no algo repentino sino algo creciente y constante que dure lo que dure nuestra vida, sin parar. Y sin embargo no deja de ser cierto que, especialmente en la infancia o en la adolescencia, hay determinados libros que suponen una inmersión directa en esa otra vida paralela que anhelamos compaginar con la real, libros que de alguna manera preservan y prolongan la pasión que nos arrebató en aquellos años de los descubrimientos.
Hace poco tiempo Neil Shubin nos regaló en Tu pez interior una teoría aventurada pero sugerente en la que, reflexionando sobre el hecho demostrado de que la vida terrestre comenzó en el océano, explicaba por qué nos fascina tanto el mar, por qué nos provoca esa evocación o aun esa melancolía, por qué lo llenamos (y nos llena) de símbolos y significados: resulta que cuando miramos el agua estamos, simplemente, añorándola sin saberlo, pues estamos contemplando nuestro hogar más remoto, en contacto inconsciente con nuestro origen, y entonces el ADN se pone nervioso y se altera y, en el mejor de los casos, necesitamos meternos un rato entre las olas o, en el peor, escribir un poema…
Pues bien, “Tres mil millones y medio de años pasaron entre el día en que apareció la primera forma de vida primitiva en el mar y el sábado de julio por la noche en que me llamó Hugo Aasjord: -¿Has visto el pronóstico meteorológico para la semana que viene?”. Así arranca El libro del mar, del noruego Morten A. Strøksnes, un libro que explícitamente juega pronto con el punto de partida de Herman Melville (“Cada vez que salgo de Oslo y viajo al norte me invaden las mismas ganas de escapar… escapar del interior y de sus hormigueros, de sus abetos, ríos, lagos y pantanos borboteantes. Adiós, hasta luego, me voy al mar, que es libre e infinito, rítmico y ondulante, como dicen las viejas canciones marineras…”) y que, aunque algo más narrativo, recuerda en su espíritu y en su estructura a Leviatán o la ballena, el fascinante y exitoso libro (prolongado poco después en El mar interior) de Philip Hoare. Un comienzo así es literalmente irresistible, y pronto queda claro que la autoficción (o, en este caso, mejor la crónica personal de los sucesivos intentos de pescar un tiburón boreal), se baraja con la historia de la ciencia, con la poesía, con apuntes paisajísticos y datos político-sociales o históricos que, para quienes anhelamos además cualquier cosa llegada de los países nórdicos, forman uno de esos libros que nos apasionarían incluso aunque no estuviesen muy bien, pues todo en ellos nos importa, pero es que este de Strøksnes está además muy bien, lleno de talento, gracia e interés, sin presunción personal ni narcisismo (algo que lastraba un tanto los de Hoare), escrito no con ganas no de lucirse sino de encandilar.
Si Samuel Johnson afirmó aquello tan célebre de que quien está cansado de Londres es que está casado de la vida, nosotros podríamos pensar que a quienes no les apetezca leer libros como éste es que está ya cansado de la literatura, pues renuncia a volver a los orígenes, a enfangarse en Homero y en Verne y salir a la caza de Moby DickEl libro del mar es pura alegría lectora elemental. Qué lástima no saber escribir libros como éste. Qué buena suerte poder leerlos.

“La mujer singular y la ciudad”, de Vivian Gornick

el 25 junio, 2018 en Libro de la Semana

La mujer singular y la ciudad

La mujer singular y la ciudad

Gornick, Vivian

ISBN

978-84-16677-62-7

Editorial

Editorial Sexto Piso

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“De lo que no puedo prescindir es de las voces”…

Vivian Gornick lleva años caminando sin cesar por la calles de Nueva York, la ciudad que es su mundo, escuchando las voces de sus habitantes y, mezclada en ellas, la suya propia.

Este libro, traducido por Raquel Vicedo, es un trayecto caminado a su lado en el que nos convertimos en acompañantes privilegiados alumbrados por la experiencia de una mujer, y por su honestidad consigo misma.

Escuchamos la voz de Gornick entre el ruido ensordecedor de Nueva York. Retazos de imágenes y ecos de otras voces que se quedan impregnadas en ti como un destello, en el que sólo te basta un segundo para entender lo visto, lo escuchado.

Toda una orquesta de voces que dan como resultado una sinfonía que habla de la vida.

Pero para la mujer singular varias arterias vitales cruzan la ciudad:

La soledad… elegida, la soledad en la que reflexiona sobre el amor y su búsqueda, sobre el encuentro con lo no esperado, soledad a la que acompaña esa multitud desconocida a la que arranca historias de sus voces cuando pasea entre ellas, soledad que arropa en las noches con la luz desconocida de sus ventanas.

La amistad… de Leonard, la íntima amistad verdadera. ¿Con cuántos de nuestros amigos podemos ser realmente quienes somos?

La escritora nos habla sobre los distintos tipos de relación amistosa que establecemos en nuestras vidas y el abanico que describe es bastante revelador, pero es emocionante el amor con el que nos cuenta la relación más importante para ella, su amistad con Leonard y cuya maravilla, aparte de otra multitud de cosas que los unen, se basa fundamentalmente en ser en su presencia quien ella realmente es.

Y la fantasía… refugio frente al miedo.

Durante años Gornick caminó y caminó hacia un futuro inexistente soñando despierta para soportar un presente pasivo, para huir de la tristeza, para huir del verdadero compromiso con la vida y seguir amando así más sus miedos que la vida misma.

¿Cuándo deja una de pasear, de soñar? ¿Cuándo deja una de caminar hacia esos futuros inexistentes, hacia esas vidas que no existen mientras vivimos las que elegimos no vivir?

Dejar atrás las fantasías da paso a un “presente desocupado”, y a un vacío en el que enfrentarse a quien realmente uno es hasta que un día se empieza a gozar de ocupar el presente, que no es otra cosa que ocupar nuestro ser, dejar de vivir alienados de nosotros mismos viviendo en la fantasía para pisar la realidad de lo que somos. Ahí seguramente resida la paz.

Gornick, mujer singular, recrea y construye en este libro un mosaico humano en el que es difícil no encontrarse. Caminemos…

Sagrario Santamaría, Librería Taiga (Toledo)

“El vestido azul”, de Michèle Desbordes

el 18 junio, 2018 en Libro de la Semana

El vestido azul

El vestido azul

Desbordes, Michèle

ISBN

978-84-16291-65-6

Editorial

Periférica

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Camille Claudel tuvo dos vidas. Una, impetuosa, “de rabia y de fervor”, durante la que formó parte del ambiente artístico parisino de finales del siglo XIX, en la que amó y odió a su maestro Rodin, y con la que esculpió su nombre en la historia del arte, gracias a la creación de esculturas como Sakountala, La edad madura o El gran vals, aunque el reconocimiento llegase demasiado tarde.

La otra vida transcurrió inmóvil, silenciada, sola y abandonada, y se prolongó durante los treinta años (¡treinta!) que permaneció recluida, en contra de su voluntad, en los manicomios de Ville-Évrad y de Montdevergues. Sobre todo, Montdevergues.

Es en ese escenario, y en esos “treinta interminables años”, en los que la escritora francesa Michèle Desbordes fija la mirada para la escritura de la novela El vestido azul, recién editada por Periférica. Una mirada enraizada en ese tiempo de silencio y de espera. Sobre todo, de espera. Desbordes recurre a un lenguaje lírico, a un ritmo lento con frases largas y repetición de expresiones, además de a imágenes muy potentes (la silla del pabellón, la ropa de color indefinido, las manos en el regazo o las anotaciones precisas en los cuadernos) para hacernos sentir la “larga, agobiante sucesión de días, siempre iguales”, en los que Camille espera la visita de su hermano Paul. Pasan días, estaciones, años, y ella no hace otra cosa más que esperar.

Y es desde ahí, en el letargo de Montdevergues, donde Michèle Desbordes evoca “el tiempo de antes y el tiempo de después”, donde explora de una manera delicada y profunda los recuerdos y sentimientos de Camille Claudel. El vestido azul es y no es la biografía novelada de una mujer bella y feroz que tuvo el don de “extraer de la arcilla, de la piedra, lo profundo y lo trágico de un sueño”. Los detalles de la vida de Camille están todos aquí para quien quiera jugar a reunirlos al final de la lectura. Están la infancia en Villeneuve, la relación conflictiva con la madre y la cercanía con Paul, el traslado a París, la relación tormentosa con Rodin y los momentos febriles de creación, los talleres con sus localizaciones exactas, como el del quai Bourbon, donde su salud física y mental se acabaría quebrando. Pero las referencias van surgiendo como pinceladas dispersas, como base en la que cincelar una exploración psicológica del alma de Camille.

Desbordes imagina y desenmaraña los distintos estados de ánimo de la escultora desde el lirismo de la suposición (“me la imagino sentada”, “es así como la veo”, “no se sabe cómo empieza”, “podría creerse que quizás”…), y usa el mismo recurso para evocar con su estilo sutil el contenido de las cartas intercambiadas con su madre, con Paul, con todo aquel que quisiera atender su súplica de liberación. Uno de los aspectos más interesantes de la novela es que no se centra tanto en la relación de Claudel y Rodin, sino que la figura masculina que surge con fuerza es la de Paul, el hermano al que espera ver aparecer en Montdevergues, el cómplice juvenil con el que cogían arcilla a manos llenas para que ella modelase su rostro, el poeta que no entendió que ella se perdiese, el cónsul que desde sus destinos extranjeros accedió en 1913 a internarla en un manicomio del que ya no saldría jamás porque “todo cuanto podía acabar había acabado”. Y, sin embargo, ella lo espera y recuerda “todo lo que soñaron, todo lo que debía ser la vida para ellos”.

Librería Palas, Sevilla

Los Libros de Mayo de 2018

el 2 mayo, 2018 en Los Más Recomendados

Está definitivamente comprobado que el ensayo está de moda, la no ficción, la historia, el pensamiento. Éstas son las diez novedades editoriales más recomendados por las librerías españolas independientes, de las cuales al menos cuatro estarían dentro de esas categorías (y decimos “al menos” por la propuesta de Clara Usón, que ella llama “novela” pero se mueve en un territorio deliberadamente ambiguo). Arthur Conan Doyle afirmaba que las tres fuerzas que hacen a una persona son “los impulsos hereditarios, las experiencias personales y los libros”; sobre los primeros hay poco que decir y sobre las segundas cada cual sabrá, pero respecto a los terceros hay mucho margen para decidir, y conviene hacerlo bien, no perder demasiado tiempo. Estas diez lecturas que proponemos, tan variadas, son una apuesta segura.

Las especias

Las especias

Turner, Jack

ISBN

978-84-17346-03-4

Editorial

Acantilado

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Filek

Filek

Martínez de Pisón, Ignacio

ISBN

978-84-322-3367-8

Editorial

Seix Barral

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A LA DERIVA

A LA DERIVA

Fitzgerald, Penelope

ISBN

978-84-17115-53-1

Editorial

Impedimenta

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La mujer singular y la ciudad

La mujer singular y la ciudad

Gornick, Vivian

ISBN

978-84-16677-62-7

Editorial

Editorial Sexto Piso

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Las posesiones

Las posesiones

Ramis, Llucia

ISBN

978-84-17007-53-9

Editorial

Libros del Asteroide

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Para morir iguales

Para morir iguales

Reig, Rafael

ISBN

978-84-9066-519-0

Editorial

Tusquets Editores

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Deja que te cuente

Deja que te cuente

Jackson, Shirley

ISBN

978-84-948348-2-0

Editorial

Editorial Minuscula

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Sobre la educación

Sobre la educación

Lledó, Emilio

ISBN

978-84-306-1926-9

Editorial

TAURUS

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El asesino tímido

El asesino tímido

Usón Vegas, Clara

ISBN

978-84-322-3339-5

Editorial

Seix Barral

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El arte de la ficción

El arte de la ficción

Salter, James

ISBN

978-84-9838-844-2

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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“Mis libros. Ensayos sobre lectura y escritura” de Arthur Conan Doyle

el 26 abril, 2018 en Libro de la Semana

Mis libros

Mis libros

Conan Doyle, Arthur

ISBN

978-84-8393-223-0

Editorial

Páginas de espuma SL

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Resulta que una vez cenaron juntos Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle, y su conversación, entre un enjambre de editores y directores de revistas, debió de ser memorable. En algún momento alguien se preguntó cómo serían las guerras del futuro, y Wilde, con su legendaria rapidez (y con no poco acierto), afirmó que “Un químico de cada bando se acercará a la frontera con una botella”. Pero lo que sí sabíamos es que a Wilde le gustaba brillar solo, y es entonces cuando brilla sir Arthur, al explicarlo con elegancia y dureza indirecta: “Su comportamiento y sus opiniones eran exquisitos, pese a que el monologuista, por mucho que sea su ingenio, en el fondo nunca puede ser un caballero”.

“Está bien decir que alguien es inteligente, pero el lector quiere ejemplos de ello”, afirma Arthur Conan Doyle, y el lector encontrará en esta recopilación de ensayos, entrevistas, artículos y hasta cartas al director un verdadero banquete, tanto para los irremediablemente adictos a sir Arthur como para los recién llegados, tanto para los iniciados como para los candidatos a incorporarse a esta cofradía de la felicidad. Los primeros ya saben que el escocés nunca falla, que es una lectura gozosa segura; los segundos podrán comprobarlo mientras recorren estos textos dispersos en los que el escocés reflexiona sobre sus lecturas favoritas o, aún más interesante, repasa su propia trayectoria, todos traducidos por Jon Bilbao (de quien hace pocas semanas reseñamos su novela El silencio y los crujidos). Su admiración por Macaulay, sus agudas objeciones a Johnson y Boswell (“desde el mismísimo momento en que se conocieron, Johnson estaba destinado a ejercer un dominio absoluto sobre el otro, lo que hacía la crítica imparcial tan difícil como entre un padre y un hijo”), su incondicionalidad ante George Borrow o su afecto a contemporáneos suyos como Poe, Hawthorne, Kipling y Stevenson quedan maravillosamente explicados aquí, entre una buena batería de juicios generales estupendos y muy reveladores: ”Me temo que para ser escritor hay que nacer escritor”, “Alguien estrecho de miras nunca hará nada bueno en el campo de la literatura”, “El exceso de alabanzas puede acabar con una persona, que dejará de esforzarse por hacerlo mejor”, “Ni la más fértil de las imaginaciones puede inventar nada más maravilloso y estremecedor que la verdadera Historia”…

No nos extraña que, como lector, afirme que “no hay casi nada que no me interese”, pero sí es más sorprendente descubrir también a un Doyle bibliofilo, apegado a los propios volúmenes, y eso sucede en “Más allá de la puerta mágica”, el texto más extenso de la recopilación, en el que Doyle nos franquea el paso a su biblioteca: “Leer  se ha vuelto demasiado fácil hoy en día, con ediciones en papel barato y bibliotecas gratuitas. Lo que se consigue sin esfuerzo no se aprecia en todo su valor [...] Un libro debería ser tuyo antes de poder saborearlo, y a menos que te haya costado trabajo hacerte con él, nunca disfrutarás del verdadero orgullo de poseerlo”.

Con serenidad (pero con la ambición nítidamente lesionada), Doyle explica con mayor claridad que nunca su aversión hacia su más célebre criatura: “Al final todo recibe el reconocimiento que se merece, pero creo que si nunca hubiera creado a Holmes, que emborronó otros trabajos superiores, mi posición literaria en la actualidad sería más alta”, opinión que en otro lugar desarrolló de un modo más razonado, aunque discutible al atribuir tan poca trascendencia a las maravillosas historias de su personaje: “Las buenas obras literarias son las que hacen que, tras haberlas leído, el lector sea alguien mejor. Pero nadie puede mejorar -en el sentido elevado al que me refiero- por leer a Sherlock Holmes, aunque puede haber disfrutado de una hora agradable al hacerlo. No era mi intención hacer una obra mayor, y ninguna historia de detectives podrá serlo nunca; todo lo relacionado con temas criminales no es más que una forma barata de despertar el interés del lector”.

Quienes podemos decir de Doyle lo mismo que él decía sobre los autores citados (y sobre Walter Scott, y sobre Samuel Pepys, y sobre Coleridge, y sobre…) hallamos en esta colección de ensayos una verdadera ventana abierta al estudio del autor, pero también a su psicología, a una intimidad que pocas veces dejó revelarse explícitamente. Es un libro realmente iluminador e importante, lleno de joyas, lleno de inteligencia, lleno de amor activo por la literatura, vista sobre todo desde el lado del escritor, un escritor que se esforzó por serlo y que, al cabo, está en el Parnaso como uno de los más grandes.

(Post data, puramente anecdótica y probablemente irrelevante, aunque yo creo que no: hacía muchos años que, leyendo absorto en el metro, no me pasaba de parada. Con este libro ha vuelto a sucederme.)