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“Toda una vida”, de Robert Seethaler

el 15 enero, 2018 en Libro de la Semana

Toda una vida

Toda una vida

Seethaler, Robert

ISBN

978-84-9838-815-2

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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En poco más de cien páginas  se nos cuenta la peripecia vital de Andreas Egger en una aldea imaginaria de los Alpes.

Una vida poco afortunada de alguien que, tras el abandono de su madre, es adoptado por un tío que lo maltrata y lo deja cojo de una paliza.

Andreas Egger sabe encajar de manera admirable los embates de la vida. Cuando ésta parecía, por fin, sonreírle, un alud le arrebata a su prometida.

El siglo XX pasa por el valle y Andreas va participando en la progresiva modernidad que llega a su pueblo y transforma el modo de vida de sus habitantes, preparando la llegada del turismo masivo de montaña.

Andreas aprovecha las oportunidades que esta situación le reporta para conseguir vivir de manera autosuficiente, y aislándose de la vorágine que se avecina.

La novela, traducida por Ana Guelbenzu, es de una extraordinaria belleza, logrando una simbiosis de vida y naturaleza que consigue emocionar al lector.

Andreas, que vive una larga vida, acaba prescindiendo de toda comodidad y viviendo apenas con lo necesario, y demostrando(nos) con qué poco se puede tener una vida plena, incluso cuando la adversidad ha sido su compañera inseparable.

Un texto que, en estos tiempos en los que la velocidad imprime a nuestras vidas mucho sinsentido, nos llena de tranquilidad, nos hace volver la vista al tempo que marca la naturaleza y nos hace reflexionar sobre la sociedad del despilfarro imperante.

Librería Jarcha (Madrid)

“Epistolario 1916-1980″, de Gerardo Diego y Juan Larrea

el 12 enero, 2018 en Libro de la Semana

Gerardo Diego ? Juan Larrea, Epistolario, 1916-1980

Gerardo Diego ? Juan Larrea, Epistolario, 1916-1980

Diego, Gerardo/Larrea, Juan

ISBN

978-84-946717-1-5

Editorial

Publicaciones de la Residencia de Estudiantes

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Nació con la vocación de proporcionar a especialistas y lectores curiosos algunos de los epistolarios fundamentales de ese periodo que ya de un modo casi oficial se conoce como “la Edad de Plata de la cultura española” (esos años que, para simplificar, irían desde la Primera República hasta la Guerra Civil, de Galdós a Ridruejo…), pero lo cierto es que ha superado sus propias, ambiciosas, expectativas. El Proyecto Epístola, coordinado desde la Fundación Francisco Giner de los Ríos (es decir, la Institución Libre de Enseñanza), detectó simultáneamente dos cosas: la importancia crucial de algunas correspondencias privadas para entender determinados aspectos de la cultura de aquel tiempo, y el modo bastante insatisfactorio o directamente inexistente en que esos epistolarios estaban editados. De modo que se puso manos a la obra y, con ayuda de acreditados expertos en cada autor, ha ido entregando los epistolarios probablemente definitivos de autores tan principales como Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Benjamín Jarnés o el músico Adolfo Salazar, está en marcha el de Juan Ramón Jimenez y en 2017 se ha publicado el hito que supone Monumento de amor, la correspondencia entre el propio Jiménez y Zenobia Camprubí durante su noviazgo y su matrimonio.

La que unió durante más de seis décadas a los poetas Gerardo Diego y Juan Larrea es una de las amistades mejor documentadas de esa Edad de Plata, y es además especialmente bonita por implicar a dos hombres y dos creadores muy diferentes. La publicación en febrero de 2017 de una nueva edición de la Poesía completa de Diego (en dos gruesos tomos preparados por Francisco Javier Díez de Revenga para la editorial Pre-Textos) vino a demostrar que al cabo, bien leído, el santanderino fue, esencialmente, un hombre muy sencillo (y lo digo, por supuesto, como elogio), lo que se dice “un ciudadano de a pie”, un tipo ordenado y recto, ejemplar en el modo de calcular, proyectar y ejecutar su carrera literaria. El bilbaíno, por su parte, fue básicamente un hombre complicado y, por tanto, un poeta realmente complejo (como demostrará en este 2018 la edición de su poesía reunida que anda organizando Juan Manuel Díaz de Guereñu para la misma colección de la editorial valenciana), y eso es algo que debió de ser así desde muy pronto, a juzgar por unas palabras –excesivamente modestas– que el primero lanza al segundo en marzo de 1919: “Tú siquiera tienes en ti la suprema rebeldía del espíritu, el valor, la audacia del carácter. Yo soy un pobrecillo cobarde (es la cualidad dominante de mi espíritu) que no se atreve a salir del cascarón… y lo que es peor, que se encuentra muy a gusto en él. Tú quieres y acabarás por poder. Yo quisiera querer, pero no me atrevo”.

Lo que Diego vivió, digamos, ante todo como un magnífico y sublime juego, algo que se tomaba verdaderamente en serio pero en lo que se permitía pruebas, variantes, una enorme productividad, sorprendentes cambios de registro y una capacidad muy comentada para ofrecer versos de todos los géneros y de las temáticas más diversas y aun aparentemente incompatibles (y él mismo reflexionó –y se justificó– mucho al respecto), así como encargos, brindis en verso o poemas de circunstancias…, en Larrea fue un verdadero idioma en el que cabían pocas bromas, algo vivido con una trascendencia real, incluso probablemente excesiva en lo que finalmente tuvo de unción, de búsqueda angustiosa, de autoexigencia extrema, de silencio coherente. Lo que en Diego fue la ocupación central y predilecta de su existencia, en Larrea fue puro tejido, algo estrictamente inseparable de ese mismo existir. Lo que en Diego fue, en fin, “literatura”, en Larrea fue pura vida, y por tanto no es extraño que el primero acabara mereciendo (con toda justicia) el Premio Cervantes y el segundo muriera en medio de las previsibles penurias del exilio (y qué hermosa y reveladora fue, en 2015, la lectura del luminoso y aun iluminado Diario del Nuevo Mundo, donde leíamos a un Larrea renovado en su optimismo al estrenar su forzosa vida en América, casi juanramoniano en su conmoción ante el nuevo continente: “La vida es perfecta. Es perfecta, pase lo que pase. Y su movimiento se reduce a dos grandes alas. Amor, inteligencia”).

De hecho fue ese Premio Cervantes de 1980 el pretexto para la última carta entre ambos, en la que Larrea felicita con cordialidad a su viejo amigo por tal reconocimiento. Con esas páginas culmina y se abrocha un epistolario que comprendió sesenta y cuatro años, pero de un modo exageradamente descompensado, como explican con enorme precisión en su prólogo a este epistolario los editores (que, muy oportunamente, son el ya mencionado Díaz de Guereñu y José Luis Bernal Salgado, dos de los principales y más activos especialistas en ambos autores). Antes de la Guerra Civil la correspondencia fue caudalosísima y frondosa en sus informaciones, en sus inquietudes, en el mostrarse mutuamente tentativas poéticas, esbozos de obras dramáticas, ilusiones y sinsabores. Pero en la Historia de España la fatalidad tiene muy buena puntería, y en estos casos las separaciones invariablemente coinciden con la desdichada fecha de 1936 o, sobre todo, 1939, que fueron las que provocaron una fractura muy visible y dolorosa en aquella amistad, hasta el punto de que entre 1937 y la muerte de Larrea en el mismo 1980 sólo se cruzaron treinta cartas, de un modo no sólo intermitente sino claramente enfriado, no lacónico pero sí cauteloso, y con algún reproche que da cuenta de heridas íntimas apenas cicatrizadas (y entre ellos, con una pena honda que no quiere llegar al rencor, destaca esa alusión tardía de Gerardo Diego al artículo de trinchera de 1938 en el que Larrea llegó a llamarle “Judas” por su posicionamiento político). Se nota, en cualquier caso, que el afecto sobrevivía, y por la visible calidad humana de ambos (más directa y franca la de Diego, más confusa y retorcida la de Larrea) perduraban los restos de una confianza completa que había sido absolutamente determinante para ambos en sus años de juventud y formación.

“Clásicos para la vida”, de Nuccio Ordine

el 8 enero, 2018 en Libro de la Semana

Clásicos para la vida

Clásicos para la vida

Ordine, Nuccio

ISBN

978-84-16748-64-8

Editorial

Acantilado

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“Cambiar el mundo, mi amigo Sancho,

no es ni utopía ni una locura, es, sencillamente, justicia”.

Don Quijote

Nuccio Ordine, tras publicar La utilidad de lo inútil, vuelve a regalarnos un libro imprescindible en el que nos recuerda los lugares donde encontrarnos como seres humanos. Seres humanos conscientes, responsables y críticos capaces de cambiar el mundo y hacerlo más justo.

Con este libro Ordine deja claras dos ideas fundamentales:

Una es la importancia de la educación y la enseñanza en nuestras sociedades y la otra, la importancia de los clásicos para comprender el mundo en el que vivimos.

La educación es sin duda un pilar esencial de nuestras sociedades, el conocimiento genera ciudadanos responsables, librepensadores y autocríticos pero entonces ¿en qué fallamos desde hace siglos?

Quizá los problemas son fundamentalmente que en muchos lugares no se garantiza el acceso a la educación a gran parte de la población y que en el caso de que ese acceso sea posible la educación es mala o está manipulada, ¿quizá por eso generación tras generación, siglo tras siglo, no aprendemos de nuestros errores para no volver a repetirlos? ¿Por qué repetimos constantemente los mismos errores que no nos dejan hacer de este mundo un lugar en paz y en equilibrio con los otros seres que lo habitan y con la propia naturaleza? Por eso la vuelta a los clásicos es importante y se hace necesaria, porque en ellos está todo, porque en ellos está quienes somos.

El hombre en esencia no ha cambiado un ápice desde que tenemos memoria de que poblamos el mundo, de ahí la conexión con textos de toda la historia, los mismos pensamientos, sentimientos y formas de actuar. Somos seres capaces de los actos más hermosos y de los más horribles… pero la memoria de todo ello no nos permite el aprendizaje a nivel global… ¿por qué? ¿Es nuestra naturaleza y somos incapaces?  ¿O estamos constantemente manipulados por otras fuerzas y por lo tanto en constante lucha de intereses? ¿Y si todo depende de una mala educación, de un mal aprendizaje?

Vivimos en sociedades en las que se cultiva vivir alienado de uno mismo, ajenos a quienes somos realmente, hombres y mujeres manipulados  para ser compradores de cosas. Quizá por eso los libros, la música y el arte son tan peligrosos, porque devuelven al ser humano su capacidad de recordar quién es y qué desea realmente, su capacidad de sentir empatía, de escuchar y de ver de verdad cuando mira.

Ordine alerta de forma muy acertada sobre la comercialización de la educación: parece que tener ordenadores de última tecnología que cuesten miles de euros es mayor signo de una buena educación que tener un buen docente, vocacional y consciente de la importancia de su trabajo. La educación se intenta comercializar y se está dando un enfoque erróneo de su objetivo: se han de pasar exámenes para lograr unos títulos que nos darán un trabajo útil para tener cosas.

Pero la verdadera educación enseña que el conocimiento es importante en sí mismo para cada uno de forma personal, y es importante también en nuestra formación como ciudadanos responsables de crear sociedades habitables, mejores. No se nos enseña que somos responsables de nuestras vidas y también, en parte, de las de los demás, y eso hace que dejemos todo en manos de no sabemos bien quién, y eso también nos facilita mirar para otro lado cuando no deberíamos hacerlo.

¿Cuál es el error que llevamos siglos cometiendo…? La educación en escuelas y hogares parece ser la clave. Pero ¿qué se enseña realmente en las escuelas, institutos y universidades? ¿Una de la soluciones no sería una formación humanística para todos, aparte de la profesionalización? La formación humanística debería ser esencial pues con ella podemos llegar a comprendernos y a comprender a los otros, ella guarda nuestra memoria y protegerla debería ser algo sagrado para así cuidarnos y cuidar el mundo que nos cobija.

A pesar de todo, la esperanza existe porque el mundo también está lleno de hombres y mujeres con el espíritu, la conciencia y el valor de Alonso Quijano, Don Quijote.

El mundo está lleno de doñas y don Quijotes dando batalla.

Librería Taiga (Toledo)

 

“Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas”, de Josep Pla

el 4 enero, 2018 en Libro de la Semana

Hacerse todas las ilusiones posibles

Hacerse todas las ilusiones posibles

Pla, Josep

ISBN

978-84-233-5300-2

Editorial

Ediciones Destino

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Hace ya cuatro años aparecieron publicadas unas libretas ibnéditas de Josep Pla bajo el precioso título de La vida lenta. Notas para tres diarios (1956, 1957 y 1964). Aquel libro fue bastante mal recibido por la crítica, es decir, que fue mal entendido, pues, aunque en efecto abundaban las notas aparentemente inanes o reiterativas, se trataba de un estupendo testimonio de un Pla ya precozmente otoñal, recluido en su masía, insomne, un poco alcoholizado y sobre todo desencantado, francamente deprimido. Pero resulta que para muchos el mejor Pla es ése, no sólo el íntimo, el que infatigablemente escribe para sí, sino el amargo, el alicaído, el que tiende a la misantropía. Aquél era un libro desolador pero divertido, en el que, entre noticias sobre Dionisio Ridruejo o Agustín de Foxá, asomaba repentinamente la poesía (“hay un sol que parece una luna”) o esas “barojadas” que convierten a Pla en un escritor único (“los griegos son los andaluces de los Balcanes”)…

Ahora, según nos explica con minuciosos detalles filológicos Francesc Montero en la introducción, ha aparecido otra carpeta con materiales inéditos que estaban destinados a conformar el segundo volumen de Notes disperses, dentro del proyecto de la Obra completa de Pla. Por una u otra razón, aquellos fragmentos quedaron arrumbados y, exhumados ahora y traducidos por Ana Ciurans, es lo que leemos en Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas. El título, para cualquier lector habitual de Pla, es bonito y eufónico pero suena automáticamente inadecuado, como un plan de vida incompatible con el carácter desengañado e indiferente del autor, y en efecto, al leer la nota de donde se ha extraído el rótulo, sí encontramos a nuestro personaje: “Nada me hace ilusión. Cuando me hablan de la felicidad, la cursilería de la palabra hace que me parta en dos de la risa. Lo ideal es hacerse todas las ilusiones posibles y no creer en ninguna. Decepcionante, deprimente, qué se le va a hacer”.

Antes y después de ese desahogo, encontramos notas de todo tipo. Montero es exacto al recordar, por si acaso, que “la dispersión y la carencia de un orden eran justo el propósito que el autor perseguía”, de modo que el lector encontrará desde asuntos tan repentinamente actuales como el carácter catalán (con un diagnóstico poco autocomplaciente: dado que “los pueblos con espíritu comercial se ahogan si la presión del dogmatismo católico resulta excesiva”, el catalán es “un ser de escasos sentimientos públicos positivos, es decir, un hombre sin patria, incapaz de unirse a otros o compartir intereses, hipercrítico, irónico, individualista, frenéticamente individualista, negativo”…), valoraciones del veteranísimo semanario Destino (y qué mala imagen tiene Pla del que fuera su primer director, Ignacio Agustí…), notas de lectura (Doctor Zhivago “es la crítica más fuerte que se ha hecho del comunismo con argumentos reales”), apuntes del paisaje y celebraciones gastronómicas (porque unos guisantes de temporada o una caldereta de pescado sí son cosas que le hacían muchísima ilusión), esbozos de retratos, recuerdos de todo tipo, aforismos, anotaciones para otros libros o incluso bocetos de poemas… Y todo ello, como sucedía en el decisivo El cuaderno gris, acaba formando el retrato de un hombre contradictorio, un poco caprichoso, algo misógino, inteligentísimo pero injusto (Lorca, según él, fue un poeta “realmente intrascendente”), risueño y a ratos melancólico, trabajador pero indolente, curioso pero desmotivado. Y de todo ello surge una de las mejores prosas españolas del siglo pasado, una escritura adictiva que se devora con la misma grafomanía con la que Pla la escribía incesantemente. Este puñado de páginas nuevas se añaden a las miles ya publicadas, y entre todas forman un banquete, una verdadera juerga literaria, pura ilusión.

 

Encuéntralo también en catalán en estas librerías.

 

“Tres periodistas en la revolución de Asturias”, de Manuel Chaves Nogales, José Díaz Fernández y Josep Pla

el 21 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

Tres periodistas en la Revolución de Asturias

Tres periodistas en la Revolución de Asturias

Pla, Josep / Chaves Nogales, Manuel / Díaz Fernández, José

ISBN

978-84-17007-06-5

Editorial

Libros del Asteroide

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Desde sus mismos inicios, la editorial barcelonesa Libros del Asteroide ha dedicado una de sus líneas de trabajo a la recuperación de libros españoles de entreguerras escritos con especial maestría, ese tipo de libros influyentes que todo el mundo cita pero a los que casi nadie accede, por descatalogados, por difíciles. Desde que en 2007 reeditó el trepidante reportaje de Manuel Chaves Nogales sobre El maestro Juan Martínez que estaba allí, hemos podido leer en su catálogo hitos del periodismo como el Viaje a la aldea del crimen de Ramón J. Sender, De París a Monastir de Gaziel o Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, de Augusto Assía, aparte del resto de libros de Chaves Nogales o de la Vida de Manolo contada por él mismo, la biografía de Manuel Hugué que escribió Josep Pla.

En todo ese proceso de rescates algo ha tenido que ver siempre Jordi Amat, quien durante sus años de estudiante había trabajado en la Universidad el tema de las biografías, y diez años después, convertido Amat en lo que muchos siempre supimos que sería (esto es, el hispanista más brillante de su generación), sigue teniendo buenas ideas: tras ocuparse de los citados libros de Gaziel y de Pla, ahora (y al tiempo que publica en Anagrama La conjura de los irresponsables, su particular veredicto sobre “el tema de nuestro tiempo”…) ha reunido en un solo volumen los testimonios de tres escritores sobresalientes sobre los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, especialmente intensos en Asturias, y contados en este libro de tres modos muy diferentes pero complementarios, más que incompatibles, y en todo caso magistrales. Se reproduce íntegro (y buena falta que hacía…) Octubre rojo en Asturias, la narración que el escritor y político comunista asturiano José Díaz Fernández escribió con cierta épica en 1935, meses después de los acontecimientos, con pseudónimo y con cierta ingenuidad, pero con auténtica verdad literaria, con fuerza narrativa y honestidad personal, aunque con un candor muy de ese tiempo, tanto en lo estilístico como en lo ideológico. En contraste, está la lucidez admirable del sevillano Manuel Chaves Nogales, progresista y demócrata a toda costa, y la mirada siempre curiosa y graciosa del catalán Josep Pla, conservador y escéptico como pocos. Antirrevolucionarios ambos (y ambos estuvieron desde pronto en los lugares de los hechos, como corresponsales, respectivamente, de Ahora y La Veu de Catalunya), es sin embargo Pla el más crítico con socialistas y anarquistas (y, de paso, con Esquerra Republicana de Catalunya, a quienes considera cómplices directos de las algaradas en toda España). “El deber sagrado de la objetividad y de la verdad siempre ha primado en mí por encima de todo lo demás”, afirma Pla, sin embargo, antes de pasar a describir con indisumulada admiración la notable organización que los insurrectos impusieron en las zonas mineras ocupadas por ellos. Pero el diagnóstico final es firme, y una vez muy hostil contra los políticos de esa Segunda República Española sobre la que Pla escribiría una serie de libros para Destino en el mismísimo 1940: “Si las cosas de Asturias no sirven, con su terrible e implacable experiencia, para modificar la política anarquizante del Bienio, no habrán tenido ninguna utilidad y acumularán sobre las vergüenzas pasadas las nuevas vergüenzas”.

“Puerta principal”, de Guadalupe Arbona

el 18 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

Puerta Principal

Puerta Principal

Arbona Abascal, Guadalupe

ISBN

978-84-9055-188-2

Editorial

Ediciones Encuentro

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La puerta principal se abre de par en par en ocasiones contadas. Son momentos en los que la luz inunda las estancias interiores, y es entonces cuando se descubre con una certeza cegadora que la puerta siempre estuvo allí. La enfermedad imprevisible e inesperada empuja con delicadeza el batiente, y un vigor nuevo entra por ella con galantería. Es la paradoja de la vida, la contradicción que engendra esa pregunta perenne en cuya respuesta se juega la felicidad.

Guadalupe Arbona (Madrid, 1965) nos regala en Puerta principal un testimonio tranquilo de una circunstancia vital marcada por la fragilidad. Y lo hace soslayando el origen de ese modo nuevo de estar en el mundo: la enfermedad. Los encuentros, el amor, la amistad, el arte y la literatura adquieren en ese estadio algo que les pertenecía, una consistencia agraciada que constituye una verdadera revelación. Es por eso que el Misterio emerge casi como una necesidad, aunque sea innecesaria. Paradoja.

La prosa limpia y transparente genera el placer de una lectura atenta, capaz de acoger la vida escudriñada en sus sorpresas, gozos e imprevistos. “Hay imprevistos que son muy evidentes, pero qué decir de esos tan entreverados en las cosas mismas que es muy fácil desatenderlos: un silencio, un gesto de un segundo, una petición repentina” (p. 18). La lectura de este libro, nacido desde la percepción de la precariedad y la grandeza simultánea de una vida humana, constituye –sin que su autora lo sepa– uno de esos imprevistos que liquidan el peso aplastante de lo cotidiano, y que nos permiten “ver, oler, sentir todo de nuevo” (p. 51).

Andar en buena compañía. Respirar una amplia bocanada de aire fresco. Acoger el pensamiento sereno, punzante, de que la vida está delante de nosotros esperando siempre a ser percibida, aunque sepamos de su espesor, que escapa siempre a nuestra mirada. Todo eso, y más, es leer a Guadalupe, en nuestra espera de esa Puerta Principal que alguna vez se abre en la vida del hombre.

Juan Francisco Comendador, Librería Ars (Zaragoza / Logroño)

“Cleopatra. La mujer, la reina, la leyenda”, de Lucy Hughes-Hallett

el 14 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

Cleopatra

Cleopatra

Hughes-Hallett, Lucy

ISBN

978-84-16247-88-2

Editorial

Fórcola Ediciones

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Lo que la ciencia-ficción hace con el futuro, la mitomanía lo hace con el pasado. Y, por otra parte, el pasado es un work in progress, algo que se va construyendo poco a poco entre todos, contradictorio y enigmático, cancelado pero no resuelto, terminado pero no superado, algo siempre pendiente.

El caso de Cleopatra es paradigmático en ese sentido, como se explica en un libro que, traducido por Amelia Pérez de Villar para la editorial madrileña Fórcola, acaba de aparecer entre nosotros. Resulta que todo lo que teníamos entendido sobre la reina egipcia es, esencialmente, propaganda romana remota, acuñada cuando todavía seguía viva la aludida, toda una leyenda negra planeada y teledirigida desde Roma para justificar invasiones, ejecuciones, campañas.

Lo que aquí he explicado de un modo tan sucinto es algo que, con detalles impagables y una perspicacia a menudo genial, Lucy Hughes-Hallett explica en su primer capítulo, tan goloso de informaciones y tan apasionante que impide que ningún lector se sustraiga ya a su poder adictivo. En esas primeras cincuenta páginas la historiadora (autora de una biografía, justamente celebrada, de Gabriele D’Annunzio) esboza lo que el mito nos ha legado: la imagen caprichosa, egomaníaca, sádica y ambiciosa de una mujer que, efectivamente, estuvo en el centro de todas las miradas de su siglo, pero a continuación la ensayista inglesa nos explica lo que de hecho la historiografía ha podido concluir objetivamente sobre ella, una gobernante muy competente, y es entonces cuando nos enteramos de hasta qué punto la manipulación por parte del poder (que, por lo que se ve, viene de antiguo) ha desvirtuado la verdad, o al menos la parte central de ella. Sucede además que “a los historiadores y poetas de la Antigüedad les interesaban los relatos, y la historia de Cleopatra, como la mayoría de las que se contaron antes y después de ella, era eso: un relato de sexo y violencia, de amor y de guerra”. De modo que el hecho comprobado y veraz de que Cleopatra fuese amante de dos emperadores romanos (Julio César y Marco Antonio), y de que diese hijos a los dos (algo no tan conocido, pero verdaderamente determinante), o la certeza de su suicidio…, provocó, por las muchas y “naturales” consecuencias de esos hechos, que la imaginación (interesada, insistimos, sobre todo por la estrategia de un tercer emperador, Octavio) y la fantasía (juguetona por definición) hiceran su trabajo, aunque en este caso de un modo espectacular y duradero, vigente durante siglos y operativo todavía hoy, impulsado no sólo por lo de que exótico pudiera tener el asunto, sino por las convenicencias políticas de un imperio que necesitó estigmatizar a otro hasta convertirlo en una sucursal del infierno, patria de todos los vicios…

Desde esos presupuestos, Hughes-Hallett va analizando magistralmente los hitos que han ido sosteniendo, apuntalando o enriqueciendo el mito de Cleopatra, desde los cronistas de su tiempo hasta Hollywood, de modo que tanto los interesados en Shakespeare como los fans de Elizabeth Taylor tienen aquí un nuevo libro de cabecera, escrito con esa prosa rica y eficaz que es marca de la casa del ensayo inglés, una obra sagaz e interesantísima que, curiosamente, no se propone tanto derribar mitos como celebrarlos, pero no desde el punto de vista de la farándula o la frivolidad sino desde la perspectiva de.la sabiduría y el verdadero conocimiento.

“A puerta cerrada”, de Luis García Montero

el 11 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

A Puerta cerrada

A Puerta cerrada

García Montero, Luís

ISBN

978-84-9895-229-2

Editorial

VISOR LIBROS

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Luis García Montero se encerró a puerta cerrada durante seis años, en un periodo de crisis personal, quizá reflejo de una sociedad en descomposición, en el que el poeta intentó indagar qué le ocurría a él y al mundo, si era cierta esa frase de Sartre, “el infierno son los otros”, o si cada uno debía asumir su parte de culpa y buscar soluciones a la transformación y los cambios en un país a la deriva. Así se aisló y fue escribiendo en su soledad acompañada, tomando el título del poemario de otra obra de teatro de Sartre al que homenajea.  En A puerta cerrada, el poeta cuestiona la vida y el paso del tiempo a través de la figura del lobo, pero no como decía el filósofo Hobbes siendo “el hombre un lobo para el hombre”, sino como el animal figurado que transforma la indignación en rabia y que observa, en la noche, en la calma, con estupor y cólera cómo el mundo se pierde entre las brumas y cómo la poesía es el refugio para encontrar la belleza, la ilusión y la dignidad humana en medio de las ruinas, confiando en su propia identidad como poeta. Así, Luis asume, interioriza y se responsabiliza en parte de los fracasos sociales a través de su queja, mediante el aullido del lobo que pasea, escrutando en los viajes, en los aeropuertos, en las habitaciones cerradas y que cohabita con la nostalgia y con el paso de los años. El lobo en la voz del poeta sale al encuentro de las luces y las sombras de la vida, asomando el colmillo y con ganas de morder pero con la urgencia serena de la poesía como modo de vida y como manera de vertebrar la conciencia social, el compromiso y el bagaje sentimental de una época oscura con sus versos conmovedores, profundos y meditados sobre nuestro tiempo:

CAMINO DE IDA Y VUELTA

Fuera de mí,

dentro de mí,

el lobo es un camino de ida y vuelta.

Muerde mi corazón para plantar un árbol.

Corre por mi memoria en busca de un espejo.

Se acerca hasta la ira de mis lágrimas

cuando ve la ciudad fuera de mí.

Luego pisa mi sombra para estar con el miedo.

El viento de la esquina lo lleva a mi dolor.

Las sábanas se enredan en sus pasos.

Dar vueltas es soñar

dentro de mí.

Lo demás son palabras,

palabras en sus ojos,

palabras que se van

o que regresan.

Porque la belleza no está reñida con la verdad descarnada, porque el poeta ha escrito desde la calma, huyendo de las prisas de nuestra época y haciendo un ejercicio de memoria personal sobre la condición humana que convierte A puerta cerrada en un libro deslumbrante. Porque, como escribió Sartre, “el existencialismo es un humanismo”, y en este libro está presente esa manera de existir y cohabitar pese a la desolación y las dudas, pese a la tristeza y la melancolía siempre hay esperanza, existiendo en la poesía.

Leyendo este libro me han venido a la memoria unos versos de Charles Baudelaire que hablan del poeta y me han recordado a Luis, y que dicen así:

“Detrás de los paneles de la existencia inmensa, en el más negro abismo, veo distintamente los más extraños mundos y víctima extasiada de mi clarividencia  arrastro en pos serpientes que mis talones muerden. Desde ese momento, igual que los profetas, amo con inmensa ternura el mar y el desierto, sonrío en los duelos y lloro en las fiestas, encuentro un gusto dulce al más ácido vino. Tomo a menudo los hechos por mentiras y caigo en los agujeros por mantener mi vista pegada al cielo, pero esa voz me consuela diciendo: son más bellos los sueños de los locos que los del hombre sabio”.

Y termino con el último poema de Luis García Montero de A puerta cerrada, una declaración de intenciones sobre su vida, su libertad y su poesía:

EPITAFIO

Le han perdonado mucho

sus libros muchas veces.

Quizá también lo hagan

sus hijos, sus amores.

Y aquí sigue sin prisa,

ante ningún altar,

padre de mundos libres,

poeta y perdonado.

 

LIbrería Muga (Madrid)

 

“República luminosa”, de Andrés Barba

el 7 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

República luminosa

República luminosa

Barba, Andrés

ISBN

978-84-339-9846-0

Editorial

Editorial Anagrama

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Quien escribe esta reseña es alguien a quien nunca le gustaron los libros perturbadores, y sin embargo ha quedado fascinado ante República luminosa, probablemente el libro más desasosegante de Andrés Barba, que es una novela literalmente alucinante, maravillosa en los dos sentidos de la palabra, aunque esto último hay que decirlo con mucha cautela, pues aunque evidentemente se trata de una pesadilla basada en una fantasía, lo peor es que no queda claro que lo que se cuenta aquí sea completamente inverosímil.

Cuando en ‘Los Libreros Recomiendan’ nos hicimos eco de la concesión a Barba del último Premio Herralde, ya avisamos, teniendo en cuenta el acta del jurado, de que el madrileño volvía a sus andadas de la indagación psicológica, del terror cotidiano, de la búsqueda de monstruos no en la imaginación mágica sino en lo doméstico, en lo interior, en lo cercano. Y lo que ha hecho es, efectivamente, regresar al tema de la infancia, uno de sus asuntos recurrentes, pero con más talento, más hondura y más valentía que nunca.

Estupendamente escrita en todo momento, República luminosa se presenta como crónica de un suceso ocurrido veinte años atrás en la ciudad tropical de San Cristóbal, y está contada por una de las personas que más implicadas estuvieron en el desarrollo y la resolución de la insólita crisis. Treinta y dos niños de aquella población (algunos huidos de sus casas, otros de origen desconocido –nacidos de la misma selva, según llegó a decir algún sensacionalista–) comenzaron a reunirse, organizarse (pero sin liderazgos visibles) y cometer en grupo primero pequeños robos, después actos de vandalismo gratuito –pero inexplicables por extremos–, y después verdaderos crímenes, hasta llegar al asesinato. La alarma social creciente, la indignación popular o el afán de perseguirlos y castigarlos comienza a adquirir diferentes formas y diversos grados, al tiempo que entre los niños acomodados del lugar comienzan a percibirse comportamientos anormales y preocupantes… Y no diremos más, sólo que el modo en el que Andrés Barba consigue contar las cosas, gestionando los ritmos, las sorpresas y, en fin, el horror, es, aparte de estremecedor, admirable. Es una novela realmente hipnótica y adictiva que se muestra además magistral en determinadas reflexiones paralelas, y apasionante en determinada perspectiva de la niñez: “me parecía que en aquellos niños había una alegría y una libertad a la que en cierto modo nunca habrían podido llegar los niños ‘normales’, que la infancia quedaba mucho mejor expresada en sus juegos que en los juegos reglados y llenos de prohibiciones de nuestros hijos”. Se habla de los niños como de otra civilización, algo que se hace explícito en el párrafo (verdaderamente conmovedor) en el que se da cuenta del improvisado ritual de enterramiento que han desarrollado, y la conexión casi telepática que en algún momento parece establecerse entre todos los niños del lugar tiene algo entre ingenuo y sádico, como si los “niños perdidos” de Nunca Jamás se hubiesen mudado a la primera novela de William Golding.

Andrés Barba ha culminado, en fin, su mejor novela hasta hoy, basada en una buena pero arriesgada idea que ha sabido ejecutar de una forma sabia, terrible y, por ello, inolvidable.

“La vida sumergida”, de Pilar Adón

el 4 diciembre, 2017 en Libro de la Semana

La vida sumergida

La vida sumergida

Adón, Pilar

ISBN

978-84-17088-37-8

Editorial

Galaxia Gutenberg

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Reconozco que formo parte del grupo de lectoras compulsivas, obsesivas casi, que cuando descubren una obra que se les mete dentro se lanzan a la búsqueda y captura de todo lo escrito por quien la firma, ya sean poemas, diarios, novelas, cartas o recetas de cocina. Así me ocurrió hace mucho tiempo con Cortázar, con Borges, con Clarice Lispector, con Marguerite Duras y con un largo etcétera de nombres que me entraron en las vísceras. Sin embargo debo reconocer, también, que con el paso de los años, con el agotador trabajo de librera a vida completa, con la conciencia de la finitud y el acercamiento cotidiano a magníficos escritos, la obsesión casi se ha disipado. Por eso, en la actualidad, son pocas las autoras de las que quiero, necesito, devorar toda la obra. Y una de esas autoras es, sin duda y sin remedio, Pilar Adón, cuya obra poética, crítica, narrativa, relatora y hasta instagranera leo con pasión admirada, como quien lee a una maestra. Las causas de mi fascinación por la escritura de Pilar, y más concretamente por La vida sumergida (Galaxia Gutenberg, octubre 2017), son, más o menos, las que a partir de aquí, de manera inevitablemente subjetiva, procuro exponer.

Primer paso: llega el libro. Antes de tenerlo entre mis manos, por las razones ya comentadas, he leído algunas críticas, conozco la portada y también el texto de la contraportada. Pero todo empieza cuando llega el libro, porque entonces lo cojo entre mis manos, me lo apropio, admiro la portada, releo la contraportada que abre el apetito, lo huelo, lo aprieto, tapo la bella imagen y me entrego al título: La vida sumergida. Así se titula, no una vida sumergida, no las vidas sumergidas, no vida sumergida. No. La vida sumergida. La vida. Pienso ¿qué es la vida, más allá de las definiciones escolares, cómo definiría yo la vida, y qué es, entonces, la vida sumergida, es una vida especial o es un atributo de la vida el estar sumergida? Consulto el María Moliner, pienso en el aire como líquido, en la atmósfera como lugar de vida, en la biosfera, en abajo. Me pierdo y en la pérdida descubro un motivo esencial que me impulsa a leer todo lo que escribe Pilar Adón: los títulos. Los títulos bellos y certeros que pone a sus excritos: El hombre de espaldas, Viajes inocentes, El mes más cruel, Mente animal, Las efímeras…, La vida sumergida. Esos títulos que designan e inquietan. Pilar Adón es una maga de los títulos, y esa aparente nimiedad es una de las causas que explican mi adicción a sus escritos.

Segundo paso: abro el libro. Busco la referencia de la foto de portada, acaricio el papel, respiro y voy al índice. El libro contiene trece relatos (ya lo había leído en alguna reseña). Leo los títulos. Calculo las dimensiones de cada historia y descubro que la central, “Un mundo muy pequeño”, es la más larga. Sonrío. Me implico como lectora. Me siento parte de un juego que me gusta. Reparo en que tres títulos están en latín (“Pietas”, “Fides”, “Virtus”). Establezco una relación rápida entre los tres títulos y vuelvo a sonreír. Hay dos que se nombran con una sola palabra (“Recaptación” y “Gravedad”), me intriga, quiero leer “Gravedad”, pero sigo husmeando los títulos. El último alude a un personaje shakesperiano (“Dulce Desdémona”), siento que debo empezar por éste, no sé por qué. Pero me paro en seco, repaso los títulos, me aseguro de que ninguno lleva el título del libro, porque ningún relato es el libro, porque La vida sumergida está en todas las historias y no puede ser una, porque… Sonrío de nuevo y tomo conciencia de que otro de mis motivos para abalanzarme sobre los textos de Pilar Adón , el segundo en esta larga y desordenada reseña, es la sensación de que nada está dejado al azar, de que todos los detalles están cuidados, de que como lectora tengo que descubrir claves ocultas, indagar, estudiar incluso. Y esta invitación a participar de las historias, esta manera de hacerme cómplice, de ofrecerme distintos planos de lectura, de incitarme a pensar, es una característica que pocas veces encuentro y que contribuye, y mucho, a mi pasión por la escritura de Pilar.

Tercer paso: cierro el libro. No me he leído el libro, y lo cierro. Necesito pasear, tomar el aire, darle vueltas a las intuiciones llegadas de hojearlo, decidir el modo de leerlo: ¿por orden, de un tirón, relato a relato, empezando por el último? Regreso al libro. Lo abro y me lo empapo de una sentada. No es mi forma habitual de leer relatos, pero necesito hacerlo en esta primera lectura. Cuando termino sé que hay relación entre todas las historias, que todas conforman La vida sumergida, y que todas son tan diversas como reales. Y son mágicas. En casi todas dos personajes de una familia, en algunas paisajes boscosos y en otras salones rusos o casas familiares, en varias miradas al exterior y búsquedas de futuro, en otras tantas recorridos por el interior y por el pasado. Y todas atrapan, todas me sumergen desde la primera frase, todas terminan dándole sentido al títulos, todas me oprimen (soy tan claustrofóbica como agorafóbica) y todas me son familiares. En todas me reconozco. Y veo que el tercer motivo por el que adoro leer a Pilar Adón es que me obliga a vivirme en sus palabras, que no me permite leer desde fuera, que me obliga a introducirme en los espacios que propone y que, además, lo hace desde la primera frase de cada uno de los relatos, porque cada relato tiene un inicio que marca el ritmo de la historia, y una vez empezado no se puede abandonar.

Cuarto paso: me dispongo a leer cada historia detenidamente, con el lápiz en la mano y el diccionario cerca. Sé que me llevará más de un día, así que decido dedicarle todos mis tiempos libres durante una semana. Leo cada relato dos veces, o más. Al principio en silencio y subrayando. Después de pie y en voz alta, caminando al ritmo de la palabra. En cada principio hay una afirmación que incita mi curiosidad y, por eso, cada relato debo leerlo sin parar en medio. Además, sólo así puedo sentir el ritmo, ese que Pilar Adón, tan bien, y también, domina, y que es mi cuarto motivo para leerla siempre y cada vez más. Prueben con la lectura en voz alta. La primera historia, “Pietas”, se inicia así: “Se habían habituado al licor de ajenjo y lo bebían de pie, por las mañanas, junto al fregadero de piedra o apoyadas en la escalera que movían de un lado a otro por la biblioteca para llegar a los estantes más altos”. ¿No les parece un ritmo circular que hay que continuar? ¿No les asombra la cantidad de información que contiene? ¿No les suena a voz de abuela contando? Vayamos a otro relato, “Recaptación”. Se inicia así: “La luz fue una cuestión esencial desde el principio”. ¿Sienten la curiosidad?

Quinto paso: cierro el libro, una vez más. Lo cierro sabiendo que lo abriré múltiples veces, que volveré a leer Othello, que subrayaré y anotaré en los márgenes, que buscaré más información sobre “Virtus”, que leeré fragmentos en voz alta, y que volveré a asombrarme. Y siento que todos los pasos me llevan al inicio, y que mis motivos de pasión por la escritura de Pilar Adón, por La vida sumergida, tienen que ver con el estar sumergida en la vida y sentir que las palabras leídas, una y otra vez, las historias magistralmente narradas, como éstas, nos hacen vivir más porque en cada lectura algo nuevo descubrimos y el asombro no cesa.

¡Gracias, Pilar!

Izaskun Legarza, Librería de Mujeres de Canarias (Santa Cruz de Tenerife)