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“La larga carretera de arena”, de Pier Paolo Pasolini

el 23 julio, 2018 en Libro de la Semana

La larga carretera de arena

La larga carretera de arena

Pier Paolo Pasolini

ISBN

978-84-16529-64-3

Editorial

Gallo Nero Ediciones

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A sus treinta y siete años, cuando aún no había dirigido ninguna película pero ya se las había visto en más de una ocasión con la Justicia italiana, Pier Paolo Pasolini recibió el encargo de recorrer las playas italianas y escribir un reportaje en tres entregas para la revista Successo. Era el verano de 1959 y todo ardía: “la playa está en la plaza. Las puertas de las casas y los cafés dan a la escasa arena, y, sobre la escasa arena, se esparce la multitud de los grandes días de verano. Una feria estupenda, de rojo, azul y verde, en la que los jóvenes, los niños, las madres, los marineros, la pobre gente, se amontona festiva entre gritos, risas y juegos”.

Pasolini es más poeta en su prosa o en su cine que en su poesía (donde tendía a una amplificación excesiva, a cierta grandilocuencia), y en La larga carretera de arena lo demuestra cada pocas líneas de un modo destellante. Todo es cotidiano y todo le sorprende, y hasta lo vulgar le resulta extraordinario, revelador, digno de exaltación. Según él mismo dice, le “arrastra un gozo tal por ver que es casi como si estuviera ciego”, y el resultado, más que un reportaje de las playas italianas, es una improvisada apología del verano, pura celebración de todo lo que vive.

Ya hay algo gozoso e irresistible simplemente en algunos topónimos –Castellammare, Tarento, Pescara, Cattolica, Chioggia…–, míseros y calcinados (dado que por esos días hasta “el sol arde”), pero Pasolini aporta además su mirada ante los paisajes y junto a las gentes, convencido de que “la curiosidad siempre es más fuerte que la prudencia”: hay una bañista holandesa “bella como un pequeño ciprés”, alemanes “rubios como mazorcas”, “piernas desenvainadas como un par de dagas”, en Nápoles le invade “una peste a pescado que parte el corazón”… Aunque permanece pocas horas en cada lugar (o, directamente, pasa de largo), el viajero no deja de anotar alguna pequeña impresión, una pincelada, un juicio o un prejuicio. Esta edición de Gallo Nero, traducida por David Paradela López, presenta sangrados los fragmentos que no se publicaron en Successo y, aunque no se explican los motivos de esas omisiones, en muchos casos es fácil intuirlos. Sí se dio luz verde, sin embargo, a un fragmento que, al circular, ofendió a las gentes de Cutro (retratado como “el pueblo de los bandidos”), y se reproduce como apéndice la carta que Pasolini escribió en respuesta a esa reacción (y en la que sus explicaciones y disculpas, probablemente, multiplicarían el sentimiento de ofensa, algo muy pasoliniano).

Aunque “el demonio del viaje me empuja hacia el sur”, desde Roma a Sicilia bordeando el Mediterráneo, Pasolini culminó su recorrido subiendo por la costa adriática hasta Venecia y Trieste, lugares bien conocidos por él, playas de su infancia, y así remató un viaje y una crónica que, leídos ahora como libro, constituyen un retrato parcial y un tanto arbitrario, pero también nítido, hiperpoético e hipervital, de las orillas de una Italia que, para bien o para mal, ya era neorrealista. Nosotros hemos leído este libro con los pies metidos en el agua, bajo todo el sol del mundo, rebozados en arena, con los ojos borrosos por la sal… pero no es el único modo de recorrerlo, y podrá ser también un consuelo en el invierno, o acaso un sucedáneo leído tierra adentro. Sea como sea, la lectura de este libro supone un jolgorio elemental, algo un tanto primitivo, pues es una defensa de la vida en estado puro, del dejarse llevar, de la improvisación estratégica y de la indolencia atenta, de la pereza vigilante, del placer trabajador. Un libro perfecto para el verano, entendiendo que el verano lo es todo, que siempre es verano, y que la vida, aparte de una estirada carretera flanqueada por playas, es un largo y refulgente mes de agosto en el que sumergirse a conciencia, pero también un poco inconscientes.

“Los perros duros no bailan”, de Arturo Pérez-Reverte

el 19 julio, 2018 en Libro de la Semana

Los perros duros no bailan

Los perros duros no bailan

Pérez-Reverte, Arturo

ISBN

978-84-204-3269-4

Editorial

ALFAGUARA

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Hay libros de los que es difícil hablar. Hay libros que recordamos después de un tiempo de haberlos leído. Hay libros provocadores.

Pérez-Reverte regresa a su estado más puro para rendir homenaje a una de sus pasiones, los perros. Me ha recordado mucho a su Territorio comanche (convertida en lectura recomendada en muchos institutos), por aquello que se lee en ella de que en la guerra las víctimas principales, las únicas realmente inocentes, son los niños y los animales.

Una novela corta y magistral donde los personajes son perros, como en un nuevo coloquio cervantino. Animales de todos los estratos sociales (callejeros, guardianes, de pelea, residentes en mansiones de buenas familias…) pero todos ponen de manifiesto el valor de la amistad, la lealtad y el compañerismo. Son capaces de darlo todo por sus amigos.

Conoceremos los lugares donde acuden los perros cuando se escabullen del control de sus dueños, viajaremos a los ambientes más sórdidos donde los animales se convierten en carnaza, en un simple objeto económico, víctimas de las apuestas.

Entre la crítica social y el amor por los perros, un siempre polémico Arturo Pérez-Reverte, no nos deja indiferentes. Debemos tomar partido, yo me he convertido en un fan de Negro.

Víctor Castillón, Librería Castillón (Barbastro, Huesca)

“Recuerdos durmientes”, de Patrick Modiano

el 16 julio, 2018 en Libro de la Semana

Recuerdos durmientes

Recuerdos durmientes

Modiano, Patrick

ISBN

978-84-339-8012-0

Editorial

Editorial Anagrama

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Entre los siete mil millones de seres humanos que aproximadamente, según Naciones Unidas, habitan hoy este contradictorio planeta nuestro, sólo uno es capaz de escribir los libros de Patrick Modiano, y ésa es una impresión menos obvia o boba de lo que pudiera parecer en un primer momento, pues lo que queremos decir es que los libros de Modiano parecen sencillos, a veces superficiales, hechos con nada… y sin embargo nadie sabría imitarlos con éxito. Sus prestigiosas narraciones son leves, sí, pero también indagadoras, son directas pero también extrañamente poéticas, están escritas con una prosa casi impersonal que, sin embargo, esconde claramente galerías ocultas y se nos presentan de forma directa pero rebosantes de misterios más o menos declarados. Casi todos sus libros son, al cabo, relatos de fantasmas, y remiten a un pasado, invariablemente parisino, con tantos enigmas como los pasillos de las pirámides del Valle de los Reyes, en ese Egipto que también fue francés.

“A veces, me gustaría dar marcha atrás y volver a vivir todos esos años mejor de lo que los viví”, leímos en Un pedigrí, la primera novela de Modiano que publicó Anagrama, y eso es algo en lo que se insiste por extenso ahora y que en realidad se ha ido insinuando a lo largo de esa línea novelística de Modiano que ensaya una particularísima autoficción, y en la que parece querer espantar espectros personales, saldar cuentas pendientes consigo mismo, atar cabos sueltos. Hay otra veta en su obra que es más histórica, y, aunque afectó a personas tan cercanas como sus padres, habla más bien de los años de la Ocupación alemana o incluso de antes, de modo que las novelas de esa vertiente exploran situaciones o retratan personajes no con la memoria sino con la reconstrucción histórica o, más frecuentemente, con la imaginación literaria, completando con la ficción lo que los documentos (o, mejor, su ausencia) callarán o disfrazarán por siempre. “Nadie se acuerda de nada”, se leía en Dora Bruder (acaso, en general, la novela más perfecta de Modiano), pero aquí está la literatura para desquitarnos un poco.

Recuerdos durmientes (que se publica simultáneamente a la obra teatral Nuestros comienzos en la vida y a Lacombe Lucien, un guión de cine escrito junto a Louis Malle, todo traducido por María Teresa Gallego Urrutia) es una novela que comienza de un modo amable y va derivando hacia confidencias valientes, por serias. No vamos a desvelar nada, pero Modiano (o su trasunto literario) despacha en este libro lo que, técnicamente, pudo ser complicidad en un asesinato de 1965, y aunque la participación del narrador (o del personaje) fue puramente conjetural, y por supuesto a posteriori, “sin comerlo ni beberlo”, las consecuencias o los riesgos son suficientes como para que el Premio Nobel de 2014 todavía escriba sobre ello con cautela (o, hábilmente, lo finja). Los personajes, en un apunte genial, “hablan con puntos suspensivos” sobre el ¿accidente?, o se habla de ciudadanos que van “andando al lado de su vida”… Sin humor, pero con tino, con finura, con elegancia inimitable, Modiano nos cuenta que “durante mucho tiempo estuve convencido de que los encuentros de verdad sólo podían tener lugar en la calle”, y sus novelas son un monumento a esa certeza. Callejeras y epifánicas, cotidianas pero inextricables, urbanas pero secretamente salvajes, las narraciones de Modiano funcionan ya como un plano literario de París que pudiera superponerse al París real, a escala 1/1 pero mejorándolo, embelleciéndolo o, por lo menos, haciéndolo más interesante, más seductor, más mágico.

Librería Canaima (Las Palmas de Gran Canaria)

“Benarés, India”, de Jesús Aguado

el 12 julio, 2018 en Libro de la Semana

Benarés, India

Benarés, India

Aguado, Jesús

ISBN

978-84-17143-39-8

Editorial

Editorial Pre-Textos

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La verdad es que, bien pensado, eso de ser poeta e irse a vivir a la India es un poco hacer trampa. Y no sólo por el extra de inspiración, amplitud mental y serenidad que ese país, al menos en nuestros prejuicios, ofrece, sino por eso que el propio Jesús Aguado explica en este curioso diario de que en la India tienen un respeto casi supersticioso por los poetas, y si demuestras que lo eres tienes poco menos que inmunidad diplomática desde que te apeas del avión. Estamos exagerando, sí, pero no demasiado: Aguado, según cuenta él mismo, se movía por los pasillos indios con el único libro de poemas suyo en el que aparece su retrato en la solapa, y eso le abrió puertas o le agilizó trámites. “Un poeta siempre es bien recibido en la India”, le decían, y así él podía acceder más rápidamente a sus abluciones civiles o a las gestiones del alma.
Ésa era la parte buena de las estancias en Benarés que recuerda para nosotros en este libro el magnífico poeta malagueño, y la mala eran los mosquitos, el calor, el caos del tráfico, algunas discusiones entre gritos (pues son budistas, sí, pero también humanos). Lo espiritual se une a la calamidad en unas páginas en las que Aguado no incurre en el misticismo postizo y superficial precisamente porque su atracción por las culturas orientales no es eso que ahora se llama “postureo”, sino verdadero trabajo interior, y por otra parte la suya es una erudición realmente generosa, esto es, que no abruma ni fatiga al lector con excesivos datos, sino que lo hechiza y entretiene con algunas pocas cosas que sugieren una inmensidad, un mundo rico, enigmático y sabio al que entregar parte de la vida, y en el que no da miedo morir.
Lo que aquí se cuenta son dos largas estancias en Benarés separadas por varios años, más varias visitas breves, pero nunca queda muy clara la cronología, y se diría de hecho que las dos estancias prolongadas se superponen y se solapan y hasta se confunden, como si la estructura del libro quisiera compartir y hacer suya esa abolición del tiempo que, al parecer, se da en las filosofías del Indostán. Da un poco igual cuándo sucedieron las cosas, parece insinuarse: el caso es que sucedieron y dejaron su poso, su enseñanza, su mensaje, aunque a veces se tarde lustros en estar preparado para descifrarlo y entenderlo. Así sucede, por ejemplo, en el mejor pasaje del libro, cuando Aguado cuenta cómo reconoció en un conductor de carros hindú la misma camiseta verde que, por viejísima y raída hasta el extremo, Aguado había desechado y tirado a la basura con pena quince años atrás: si esa historia es inventada, es una gran idea literaria; si es real, entonces casi estamos hablando de un milagro, una de esas cosas que sólo suceden lejos.
Pero hay mucho más: es sublime y reconocible el endecasílabo con el que Aguado, aliviado, da por terminada una relación amorosa tóxica: “¡Qué hermosos son los búfalos sin ti!”, y en los epílogos al libro recorremos el Ganges en una barquita o visitamos la librería más singular y estrafalaria del planeta. Nosotros, como libreros, hemos de destacar este pasaje, pero sin desvelarlo: esas horas en la librería Motilal, donde una cobra blanca puede perfectamente aparecer y saludarte con la lengua si sacas de las estanterías algún volumen, o donde la gente se queda a dormir entre cucarachas y ratones (que, estando en Benarés, pueden ser parientes cercanos), o donde el librero, al vender un libro, lo estrella contra el suelo de plano para librarlo del polvo acumulado en décadas… son impagables, y ponen una de sus tres guindas epilogales a un libro realmente particular, diferente, dueño de un extraño equilibrio y una armonía inexplicable entre tanto salto temporal, tanto cambio de tema, tanto poema (bueno) interpolado, tantas horas muertas (pero no vacías) de meditación. Un cuaderno tan sencillo casi como su título, pero también complejo, estratégicamente misterioso, naturalmente raro.

“Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas”, de Paloma Ulacia Altolaguirre

el 9 julio, 2018 en Libro de la Semana

Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas

Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas

Ulacia Altolaguirre, Paloma

ISBN

978-84-17266-46-2

Editorial

Editorial Renacimiento

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Concha Méndez (Madrid, 1898 – Ciudad de México, 1986) nació en una familia acomodada. La mayor de once hermanos, estaba destinada a ser una «niña bien» que pasaría la vida entre bailes y paseos, sin muchas preocupaciones. Pero era una mujer de carácter que no entendía el mundo y quería hacer algo para cambiarlo. Fue poeta, editora, impresora, viajera, campeona de natación, una de las fundadoras del Lyceum Club y de las primeras mujeres que se atrevieron a quitarse el sombrero en un gesto provocador.  Ya de niña mostró su carácter rebelde cuando un amigo de su padre, de visita en su casa, preguntó a sus hermanos qué querían ser de mayores y ella, que no estaba incluida en la pregunta (porque “las niñas no son nada”), se rebeló diciendo que sería capitán de barco.

En sus veraneos familiares en San Sebastián conoce a Luis Buñuel, con quien empieza un noviazgo que dura siete años. A la señorita de compañía que les vigilaba en sus paseos le parecían bichos raros: «qué raros son ustedes, son extrañísimos: hablan de cosas que yo no entiendo». Buñuel, que le regalaba insectos y ratones blancos, jamás la mencionó en ninguno de sus escritos y la mantuvo al margen de su vida en la Residencia de Estudiantes. Pero Concha no necesitaba al cineasta para llegar hasta sus amigos: quiso conocer a Lorca y lo llamó presentándose como «la novia desconocida de Buñuel». «Y ahora, entre tanta gente putrefacta con quien trato, mi consuelo es escribir y pensar en vosotros [...] Verdaderamente, sois lirios entre el fango», escribiría a Federico en una carta. Su mundo se transformó la tarde que escuchó al poeta granadino recitar en el Retiro y descubrió que ella también sabía y quería escribir poemas; allí conoció también a Maruja Mallo, de quien sería gran amiga. Esa misma noche escribió sus primeros versos, que mostró al día siguiente a Rafael Alberti, quien, sorprendido, no podía creer que no llevara tiempo escribiendo. En 1926 publica su primer poemario, Inquietudes (que Ernestina de Champourcín definió como «un prodigio de intuición femenina»), al que seguirán Surtidor, Niño y sombras (a raíz de la muerte de su hijo al nacer), Sombras y sueños y otros veinte poemarios y obras de teatro.

Nada más cumplir veinticinco años viajó a Londres, donde trabajó como profesora de español. Allí coincidió con Salinas y con Lorca y Fernando de los Ríos, que viajaban a Nueva York. En el barco de vuelta, un marinero le regaló el corazón de un pez que aún latía. Después viajó a Argentina.  En Buenos Aires entabla relación con Norah Borges y Guillermo de Torre, quien le publica poemas todas las semanas en La Nación y le ayuda a publicar su poemario Canciones de mar y tierra. Gómez de la Serna le regaló una greguería: «El elefante es un fotógrafo que nos hace una ampliación».

De vuelta en Madrid, Lorca le presenta a Manuel Altolaguirre en el Café de la Granja del Henar. Pronto Concha ofrece al tipógrafo e impresor asociarse: ella pondría el dinero que había ganado trabajando en Argentina para comprar una pequeña imprenta que instalan en una habitación del hotel Aragón. Él hacía el trabajo tipográfico y ella, casi todo lo demás: vestida con un mono azul de mecánico hacía girar la imprenta que alumbró los ejemplares de la revista Héroe, donde publicaron los mejores poetas de la Generación del 27. Ésta fue la primera de las revistas que editarían juntos, después vendrían, entre otras, Poesía, Caballo Verde para la Poesía, 1616, La Verónica (ya en el exilio cubano) y obras emblemáticas como El rayo que no cesa de Miguel Hernández, Primeras canciones de Lorca o La realidad y el deseo de Cernuda. Mucho se ha hablado de la importancia de Altolaguirre en la difusión de las obras de la Generación del 27, pero sin Concha Méndez, probablemente, estas revistas nunca hubieran visto la luz.

En 1932 Méndez y Altolaguirre se casan, lo que supone un escándalo pues ella era siete años mayor. Carlos Morla Lynch decía tener la impresión de que «Manolito se casa con su tía o su mamá». Sus testigos son Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Lorca, Moreno Villa, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén y Morla Lynch. Al salir de la Iglesia de Chamberí, Juan Ramón tiraba monedas a los niños mientras les jaleaba para que gritaran «¡Viva la poesía! ¡Viva el arte!». Con la llegada de la guerra se exiliaron, primero en Cuba y después en México, de donde ya nunca volvieron  más que de visita. En México se hizo construir una casa en un terreno que tenía en el centro un árbol colonial, que ella dejó dentro del salón. A esa casa llegaría a vivir Luis Cernuda en 1952, y en ella murió.

Se puede seguir hablando de la vida de esta mujer enorme mucho tiempo, pero lo mejor es leer sus preciosas Memorias habladas, memorias armadas que recogió su nieta Paloma Ulacia a partir de horas de grabaciones donde la poeta recuerda su vida y que ahora rescata Renacimiento. Unas memorias habladas, armadas, imprescindibles.

Librería Los Portadores de Sueños (Zaragoza)

“Los treinta apellidos”, de Benjamín Prado

el 2 julio, 2018 en Libro de la Semana

Los treinta apellidos

Los treinta apellidos

Prado, Benjamín

ISBN

978-84-204-3460-5

Editorial

ALFAGUARA

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Cuatro años después de su anterior novela, Ajuste de cuentas (tiempo de total fiabilidad para los libreros, pues el autor se toma su tiempo en escribirlos, están muy trabajados y está fuera de esas prisas editoriales que a veces no son buenas), Benjamín Prado publica Los treinta apellidos, su última novela protagonizada por Juan Urbano (la cuarta en la serie de diez que tiene prevista el autor y que con total seguridad, conociendo su constancia y tenacidad, llevará a cabo) y pese a mi debilidad por Mala gente que camina -porque fue la primera novela que leí de Benjamín, y por lo que cuenta en ella-, entiendo que Los treinta apellidos es hasta el momento su mejor libro, se lee de un tirón, te atrapa desde las primeras líneas y es una novela que mezcla géneros, pues es de aventuras, surcan sus páginas piratas de todo tipo, también es negra o policial puesto que hay una investigación e incluso una mujer fatal, e histórica porque relata una parte muy oscura y bastante desconocida del pasado español en las colonias y en África. Tiene acción, suspense, amor, muerte, traiciones, ironía, erotismo y mucha aventura, que es la que vive Juan Urbano, quien acaba de pasar de ser un testigo protegido al que la mafia rusa podría haber eliminado por su testimonio, a volver a convertirse en el ciudadano anónimo, profesor de Literatura y escritor de biografías que recupera su normalidad. Justo cuando toma esa decisión, mientras está en el Masnou, en Barcelona, conoce en una noche de celebración a un hombre de buena familia y amanece en su casa, un palacete en la zona noble barcelonesa. Lluís Espriu y Quiroga le propone averiguar en Cuba el destino de los descendientes que su tatarabuelo, Joan Maristany dejó en La Habana, donde tuvo una hija que nadie nunca quiso reconocer…
Ahí empieza la trepidante aventura de Juan Urbano, un personaje al que hemos visto evolucionar en estos años, menos cínico y más comprometido, ahora incluso dispuesto a arriesgarlo todo. Acompañado de Mónica Grandes, emprende un viaje de descubrimientos y sorpresas en este periplo en el que conoceremos la historia de negreros, esclavistas y piratas del mar y los negocios, en un deambular tremendamente entretenido y didáctico que se asoma a los orígenes truculentos de las grandes fortunas de este país, con familias gallegas y catalanas protagonistas y unidas por la codicia, en una novela llena también de guiños a los escritores clásicos del mar y los piratas como Stevenson, Verne, Salgari y el propio Joseph Conrad, al que el autor homenajea, como si estuviésemos en El corazón de las tinieblas con una descripción de cómo estas familias españolas daban caza a africanos para llevarlos a Cuba a trabajar de esclavos en las plantaciones de azúcar.
Estas fortunas nacen con la inversión en astilleros catalanes y gallegos y luego la primera línea férrea en España en 1848, un negocio muy lucrativo que supieron mantener después en connivencia con el franquismo y los nacionalismos según sus propios intereses y que han evolucionado actualmente hacia otro tipo de colonialismo con sus corporaciones agroquímicas y de transgénicos, auténticos emporios maquillados en los países del tercer mundo.
Es Los treinta apellidos un libro que te enseña y te entretiene y que te sigue hablando una vez leído.

Ofrecemos un extracto del libro:

“En España, el golpe de Estado lo pagó el banquero Juan March, que les puso mil millones de pesetas a los sublevados encima de la mesa; en Alemania, el nazismo, el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial se pusieron en marcha, en Berlín, en 1933, en el Reichstag, en una reunión entre Hitler y los dueños de Opel, Bayer, Telefunken, Agfa, Siemens y Krupp: ellos le financiaron su ascenso al poder. Y tu amigo Joan Maristany era de esa cuerda y le habrá transmitido su forma de ver las cosas a sus descendientes. Son personas cuya idea de la evolución se basa en condenar a otros pueblos al subdesarrollo; que comen en platos de porcelana de Meissen lo que le quitan de la boca a los pobres; se llevan las materias primas, destruyen el arte indígena y la naturaleza, y lo poco que sobrevive lo exponen en museos y jardines zoológicos… Que en nuestro siglo aún exista la abominación de los safaris lo explica todo, que también en ese mercado del ocio las personas son parte del espectáculo, seres pintorescos o simples animales insólitos, como los leopardos, las cebras, los antílopes o los leones”. 

“El libro del mar”, de Morten A. Strøksnes

el 28 junio, 2018 en Libro de la Semana

El libro del mar

El libro del mar

Stroksnes, Morten

ISBN

978-84-9838-873-2

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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Hubo unos años, y todavía no hace demasiados, en los que buscábamos un poco de magia, no sólo wi-fi, y para eso los libros ayudaban mucho. Se ha dicho repetidamente que las buenas historias son como un atajo para acceder a una vida más plena (en la cual la imaginación tiene mucho que decir), pero los buenos lectores no queremos atajos sino caminos, no un milagro sino un proceso, no algo repentino sino algo creciente y constante que dure lo que dure nuestra vida, sin parar. Y sin embargo no deja de ser cierto que, especialmente en la infancia o en la adolescencia, hay determinados libros que suponen una inmersión directa en esa otra vida paralela que anhelamos compaginar con la real, libros que de alguna manera preservan y prolongan la pasión que nos arrebató en aquellos años de los descubrimientos.
Hace poco tiempo Neil Shubin nos regaló en Tu pez interior una teoría aventurada pero sugerente en la que, reflexionando sobre el hecho demostrado de que la vida terrestre comenzó en el océano, explicaba por qué nos fascina tanto el mar, por qué nos provoca esa evocación o aun esa melancolía, por qué lo llenamos (y nos llena) de símbolos y significados: resulta que cuando miramos el agua estamos, simplemente, añorándola sin saberlo, pues estamos contemplando nuestro hogar más remoto, en contacto inconsciente con nuestro origen, y entonces el ADN se pone nervioso y se altera y, en el mejor de los casos, necesitamos meternos un rato entre las olas o, en el peor, escribir un poema…
Pues bien, “Tres mil millones y medio de años pasaron entre el día en que apareció la primera forma de vida primitiva en el mar y el sábado de julio por la noche en que me llamó Hugo Aasjord: -¿Has visto el pronóstico meteorológico para la semana que viene?”. Así arranca El libro del mar, del noruego Morten A. Strøksnes, un libro que explícitamente juega pronto con el punto de partida de Herman Melville (“Cada vez que salgo de Oslo y viajo al norte me invaden las mismas ganas de escapar… escapar del interior y de sus hormigueros, de sus abetos, ríos, lagos y pantanos borboteantes. Adiós, hasta luego, me voy al mar, que es libre e infinito, rítmico y ondulante, como dicen las viejas canciones marineras…”) y que, aunque algo más narrativo, recuerda en su espíritu y en su estructura a Leviatán o la ballena, el fascinante y exitoso libro (prolongado poco después en El mar interior) de Philip Hoare. Un comienzo así es literalmente irresistible, y pronto queda claro que la autoficción (o, en este caso, mejor la crónica personal de los sucesivos intentos de pescar un tiburón boreal), se baraja con la historia de la ciencia, con la poesía, con apuntes paisajísticos y datos político-sociales o históricos que, para quienes anhelamos además cualquier cosa llegada de los países nórdicos, forman uno de esos libros que nos apasionarían incluso aunque no estuviesen muy bien, pues todo en ellos nos importa, pero es que este de Strøksnes está además muy bien, lleno de talento, gracia e interés, sin presunción personal ni narcisismo (algo que lastraba un tanto los de Hoare), escrito no con ganas no de lucirse sino de encandilar.
Si Samuel Johnson afirmó aquello tan célebre de que quien está cansado de Londres es que está casado de la vida, nosotros podríamos pensar que a quienes no les apetezca leer libros como éste es que está ya cansado de la literatura, pues renuncia a volver a los orígenes, a enfangarse en Homero y en Verne y salir a la caza de Moby DickEl libro del mar es pura alegría lectora elemental. Qué lástima no saber escribir libros como éste. Qué buena suerte poder leerlos.

“La mujer singular y la ciudad”, de Vivian Gornick

el 25 junio, 2018 en Libro de la Semana

La mujer singular y la ciudad

La mujer singular y la ciudad

Gornick, Vivian

ISBN

978-84-16677-62-7

Editorial

Editorial Sexto Piso

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“De lo que no puedo prescindir es de las voces”…

Vivian Gornick lleva años caminando sin cesar por la calles de Nueva York, la ciudad que es su mundo, escuchando las voces de sus habitantes y, mezclada en ellas, la suya propia.

Este libro, traducido por Raquel Vicedo, es un trayecto caminado a su lado en el que nos convertimos en acompañantes privilegiados alumbrados por la experiencia de una mujer, y por su honestidad consigo misma.

Escuchamos la voz de Gornick entre el ruido ensordecedor de Nueva York. Retazos de imágenes y ecos de otras voces que se quedan impregnadas en ti como un destello, en el que sólo te basta un segundo para entender lo visto, lo escuchado.

Toda una orquesta de voces que dan como resultado una sinfonía que habla de la vida.

Pero para la mujer singular varias arterias vitales cruzan la ciudad:

La soledad… elegida, la soledad en la que reflexiona sobre el amor y su búsqueda, sobre el encuentro con lo no esperado, soledad a la que acompaña esa multitud desconocida a la que arranca historias de sus voces cuando pasea entre ellas, soledad que arropa en las noches con la luz desconocida de sus ventanas.

La amistad… de Leonard, la íntima amistad verdadera. ¿Con cuántos de nuestros amigos podemos ser realmente quienes somos?

La escritora nos habla sobre los distintos tipos de relación amistosa que establecemos en nuestras vidas y el abanico que describe es bastante revelador, pero es emocionante el amor con el que nos cuenta la relación más importante para ella, su amistad con Leonard y cuya maravilla, aparte de otra multitud de cosas que los unen, se basa fundamentalmente en ser en su presencia quien ella realmente es.

Y la fantasía… refugio frente al miedo.

Durante años Gornick caminó y caminó hacia un futuro inexistente soñando despierta para soportar un presente pasivo, para huir de la tristeza, para huir del verdadero compromiso con la vida y seguir amando así más sus miedos que la vida misma.

¿Cuándo deja una de pasear, de soñar? ¿Cuándo deja una de caminar hacia esos futuros inexistentes, hacia esas vidas que no existen mientras vivimos las que elegimos no vivir?

Dejar atrás las fantasías da paso a un “presente desocupado”, y a un vacío en el que enfrentarse a quien realmente uno es hasta que un día se empieza a gozar de ocupar el presente, que no es otra cosa que ocupar nuestro ser, dejar de vivir alienados de nosotros mismos viviendo en la fantasía para pisar la realidad de lo que somos. Ahí seguramente resida la paz.

Gornick, mujer singular, recrea y construye en este libro un mosaico humano en el que es difícil no encontrarse. Caminemos…

Sagrario Santamaría, Librería Taiga (Toledo)

“Para una teoría de las distancias”, de Lorenzo Oliván

el 21 junio, 2018 en Libro de la Semana

Para una teoría de las distancias

Para una teoría de las distancias

Oliván, Lorenzo

ISBN

978-84-9066-556-5

Editorial

Tusquets Editores

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Aquello que nos decían de pequeños de que “la verdad siempre se acaba descubriendo” es casi siempre exacto en el territorio de la poesía, y poco a poco, discretamente, libro tras libro…, tiene ya algo de clamor el hecho de que Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) es uno de los más inspirados y profundos poetas españoles de hoy. Y cuenta con la ventaja, además, de que es, digamos, un “poeta ecuménico”, esto es, que gusta y convence a todas las tendencias estéticas, a todas las escuelas, algo que en el fondo es propio de su generación, esos poetas nacidos en los 60 que resolvieron de la forma más sagaz la absurda oposición anterior entre inteligibilidad y hermetismo, entre cotidianeidad y trascendencia… Álvaro García, Luis Muñoz, Ada Salas, Isabel Bono, Carlos Marzal, Antonio Moreno, Javier Rodríguez Marcos o Vicente Gallego forman parte también de esa quinta, que supieron escoger lo mejor de los dos caminos y fundirlos en una poesía renovada y en general muy superior a lo que heredaron. Y, en el caso de Oliván, la consagración “oficial” llegó con el Premio de la Crítica concedido en 2015 a su anterior poemario, el magistral Nocturno casi.
“No sé qué parte de la luz se filtra, / pero la que se filtra / quiere que yo la piense”, afirmaba en uno de los poemas de ese libro, y parece que esos versos magníficos dialogan con algunos de los nuevos, recién abierto: “Hasta la luz, / para poder pensarla, / sentirla como luz, / se aleja a cada instante de sí misma”, o, dándole aún una vuelta, varios poemas después: “Cuando miro la luz, / intuyo en ella una actitud pensante / que, recogida en su silencio, / crea”. Lo que Oliván ha hecho con la luz (que es otra frecuente y explicable obsesión de los poetas) es prodigioso, y muestra como pocas otras cosas el trabajo del poeta cántabro, que con el tiempo ha ido pasando de lo más sensitivo a lo más intelectual, de la emoción a la lucidez, pero sin perder ni un momento de vista lo esencial (como demuestra su maravillosa “Albada”). El poema “Eje” es útil para entender su poética, y también “Algo así” (“Lo esencial / de otra forma. // Algo así / la escritura”), pero todo poema es, al cabo, una poética, y no hay mejor forma de entender el mundo de un poeta que tratar de comprender y compartir su perspectiva. Tomás Segovia afirmaba en una entrada de sus diarios que “la poesía es convertirse en mirada”, y es algo que podría suscribir Oliván, tan indagador siempre, tan minucioso a la hora de meditar de forma sublime sobre cosas muy próximas, no tanto, en su caso, a partir de anécdotas de las que sacar símbolos o enseñanzas como a través de objetos, fenómenos, paisajes. Oliván es también uno de los mejores aforistas españoles (domina un género mucho más difícil de lo que parecería, si juzgamos por la pequeña moda editorial que protagoniza), y en el último texto del libro donde el año pasado recopiló todos sus aforismos, Dejar la piel, daba otra buena pista: “Ésta es mi actitud ante la creación poética: todo dialoga conmigo, sin saber bien de qué hablamos”.
En poesía lo distinguido es no ser llamativo, lo elegante es no complicar la sintaxis o el léxico, y saber hablar de cosas complejas con lenguaje corriente, con cercanía, con una naturalidad que casi hace fácil lo misterioso, no hacer enrevesado lo que ya es, por naturaleza, incomprensible. Es muy probable que, en ese sentido, ningún poeta español actual haya hecho mejor las cosas que Lorenzo Oliván. Para una teoría de las distancias viene a confirmarlo definitivamente.

“El vestido azul”, de Michèle Desbordes

el 18 junio, 2018 en Libro de la Semana

El vestido azul

El vestido azul

Desbordes, Michèle

ISBN

978-84-16291-65-6

Editorial

Periférica

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Camille Claudel tuvo dos vidas. Una, impetuosa, “de rabia y de fervor”, durante la que formó parte del ambiente artístico parisino de finales del siglo XIX, en la que amó y odió a su maestro Rodin, y con la que esculpió su nombre en la historia del arte, gracias a la creación de esculturas como Sakountala, La edad madura o El gran vals, aunque el reconocimiento llegase demasiado tarde.

La otra vida transcurrió inmóvil, silenciada, sola y abandonada, y se prolongó durante los treinta años (¡treinta!) que permaneció recluida, en contra de su voluntad, en los manicomios de Ville-Évrad y de Montdevergues. Sobre todo, Montdevergues.

Es en ese escenario, y en esos “treinta interminables años”, en los que la escritora francesa Michèle Desbordes fija la mirada para la escritura de la novela El vestido azul, recién editada por Periférica. Una mirada enraizada en ese tiempo de silencio y de espera. Sobre todo, de espera. Desbordes recurre a un lenguaje lírico, a un ritmo lento con frases largas y repetición de expresiones, además de a imágenes muy potentes (la silla del pabellón, la ropa de color indefinido, las manos en el regazo o las anotaciones precisas en los cuadernos) para hacernos sentir la “larga, agobiante sucesión de días, siempre iguales”, en los que Camille espera la visita de su hermano Paul. Pasan días, estaciones, años, y ella no hace otra cosa más que esperar.

Y es desde ahí, en el letargo de Montdevergues, donde Michèle Desbordes evoca “el tiempo de antes y el tiempo de después”, donde explora de una manera delicada y profunda los recuerdos y sentimientos de Camille Claudel. El vestido azul es y no es la biografía novelada de una mujer bella y feroz que tuvo el don de “extraer de la arcilla, de la piedra, lo profundo y lo trágico de un sueño”. Los detalles de la vida de Camille están todos aquí para quien quiera jugar a reunirlos al final de la lectura. Están la infancia en Villeneuve, la relación conflictiva con la madre y la cercanía con Paul, el traslado a París, la relación tormentosa con Rodin y los momentos febriles de creación, los talleres con sus localizaciones exactas, como el del quai Bourbon, donde su salud física y mental se acabaría quebrando. Pero las referencias van surgiendo como pinceladas dispersas, como base en la que cincelar una exploración psicológica del alma de Camille.

Desbordes imagina y desenmaraña los distintos estados de ánimo de la escultora desde el lirismo de la suposición (“me la imagino sentada”, “es así como la veo”, “no se sabe cómo empieza”, “podría creerse que quizás”…), y usa el mismo recurso para evocar con su estilo sutil el contenido de las cartas intercambiadas con su madre, con Paul, con todo aquel que quisiera atender su súplica de liberación. Uno de los aspectos más interesantes de la novela es que no se centra tanto en la relación de Claudel y Rodin, sino que la figura masculina que surge con fuerza es la de Paul, el hermano al que espera ver aparecer en Montdevergues, el cómplice juvenil con el que cogían arcilla a manos llenas para que ella modelase su rostro, el poeta que no entendió que ella se perdiese, el cónsul que desde sus destinos extranjeros accedió en 1913 a internarla en un manicomio del que ya no saldría jamás porque “todo cuanto podía acabar había acabado”. Y, sin embargo, ella lo espera y recuerda “todo lo que soñaron, todo lo que debía ser la vida para ellos”.

Librería Palas, Sevilla