“La miel” de Tonino Guerra

el 22 noviembre, 2018 en Libro de la Semana

La miel

La miel

Guerra, Tonino

ISBN

978-84-17386-13-9

Editorial

Pepitas de calabaza

Donde comprarlo

“Sé que el amor, esa misión salvaje, / delicada, imposible, es la única forma / de estar en este mundo sin errar”, afirmaba Juan Vicente Piqueras en Padre, su último libro de poemas, y algo de esa melodía filosófica, e incluso de la forma de expresarla, pudo rastrearse también en 2002 en la traducción que Piqueras hizo de la Poesía completa de Tonino Guerra (un trabajo que, en sí mismo, ya tenía mucho de acto de amor, hacia el amigo pero también hacia la literatura, y de hecho así lo explica el traductor en su prólogo de hoy: “Empecé a traducirlo por el único motivo por el que traduzco poemas, por amor. Y al traducirlo regresaba, verso a verso, como el protagonista del libro, a mi aldea abandonada”).

En aquel grueso e insólito libro (pocas veces sucede que lo primero que recibimos de un poeta extranjero sea su poesía entera) ya destacaba clamorosamente el poemario titulado La miel, escrito en dialecto romañolo por un septuagenario que, tras escribir alguno de los guiones decisivos de la historia del cine europeo (Amarcord, para Fellini, Nostalgia, para Tarkovski, La noche o Blow.up para Antonioni…), decide comenzar a regresar, iniciar un repliegue de fuerzas… Y lo hace escribiendo, en el idioma del pasado, los poemas de un anciano que regresa a la aldea de su infancia, donde ya sólo viven nueve personas aisladas, solitarias, hurañas… y donde aguardan los olores, el espacio, las horas vacías, la indolencia, cierta desesperación.

He aquí uno de los libros de poemas más peculiares que se puedan encontrar, y también uno de los más hermosos. Un libro de poemas que por una parte son muy narrativos, pero que también recogen algo del tono Ungaretti, del tono Umberto Saba, y que incluso tienen un punto de antipoesía, todo para exaltar eso que Piqueras llama en su prólogo con exactitud la “civilización campesina”, pero sin idealización ninguna. Ese pueblo al que Guerra regresa de anciano es como esa “plaza del mundo” de la que hablaba Cervantes: un lugar desde donde, por encima de las protestas y los achaques y los recuerdos, glorificar todo lo que se tiene y, sobre todo, lo que se ha tenido. Pero se hace de una forma indirecta, y a veces incluso de una manera paradójica. No hay aquí ‘locus amoenus’ ni ingenuidad campestre: hay inocencia, sí, pero es una inocencia violenta, como la de Pasolini: es la violencia de la soledad, la del analfabetismo, la de la enfermedad. El libro rebosa verdad (el mejor conservante de la poesía), pero es una verdad tosca, bellísima pero nada candorosa.

Izet Sarajlic (cuya antología Después de mil balas reseñamos en ‘Los Libreros Recomiendan’) creía que “el efecto más grande en la poesía se consigue cuando el poeta logra sorprender al lector con algo conocido”. En La miel sucede continuamente, y es un libro que constituye en sí mismo una “misión salvaje, delicada, imposible”…

 

 

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