“La isla de los conejos”, de Elvira Navarro

el 7 febrero, 2019 en Libro de la Semana

La isla de los conejos

La isla de los conejos

Navarro, Elvira

ISBN

978-84-397-3482-6

Editorial

LITERATURA RANDOM HOUSE

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Si uno está atento a estas cosas y se sabe afinar el oído, se percibe con cierta nitidez que el adjetivo “diferente”, del que probablemente se ha abusado en los últimos años en la crítica literaria, funciona a menudo como eufemismo (aunque no sea tan habitual ni tan divertido como “interesante”, que es nuestro eufemismo favorito: cuando te dicen que un libro de poemas, o una exposición, o una película… es interesante, uno sabe instintivamente que hay que caminar hacia el otro lado). Y es una lástima que se recurra a él inadecuadamente, porque cuando uno se encuentra ante una propuesta literaria realmente distinta, singular, única…, es difícil encontrar la fórmula para decirlo sin que parezca un compromiso, un modo de resolver la papeleta.

Dicho lo anterior, la escritura de Elvira Navarro es, sí, claramente diferente, entre otras cosas porque no parece habérselo propuesto, sino que apostaríamos por que le sale natural, nada forzado, y probablemente hasta a ella misma le extrañaría que consideremos tan peculiar su estilo, tan desconcertante, tan oscuro pero a la vez gracioso, desasosegante y amable, acogedor aunque a ratos terrorífico o incluso violento. Pero es así, y nos encanta, no sólo en el sentido de que nos gusta mucho (pero que mucho), sino en el de que nos hechiza.

Repasemos: La ciudad en invierno, La ciudad feliz, La trabajadora (el libro que permitió entrever definitivamente su verdadera talla literaria, el que hizo vislumbrar la cantidad y la calidad de los libros que Navarro tiene dentro) y Los últimos días de Adelaida García Morales, un juego genérico no especialmente polémico que acabó siendo excesivamente polemizado. En él alguien se preguntaba “¿por qué no dar valor a lo desprestigiado?”, y aunque el descrédito es algo que, entre los buenos lectores, jamás ha sobrevolado a la escritora, aquí están estos once cuentos magistrales de La isla de los conejos para aclarar o declarar o, si hiciera falta, confirmar, cuál es la raza literaria de Elvira Navarro. 

“Detesto la vida normal”, afirma la narradora del primer cuento (uno de los mejores, y el que, como en las partituras, da ya el tono de todo lo que se va a encontrar después en esta extraña isla), y se diría que esa aversión por la normalidad, lo esperable, lo consabido, lo previsible… se extiende por la prosa de la autora valenciana-onubense, en la que hasta determinadas decisiones léxicas son transgresoras, audaces, bastante arriesgadas. La elegancia de la literatura de Elvira Navarro es inexplicable, pues se construye mediante opciones textuales a veces contrahechas, como lo son físicamente muchos personajes (hay algo lynchiano en bastantes momentos), y donde los cultismos y lo coloquial conviven en una armonía extraña y fascinante. A eso se une, como ya hemos insinuado arriba, un peculiar sentido del humor, que quizá apreciamos más aquellos a los que el humor jamás nos ha hecho mucha gracia. Pero lo dominante es lo desasosegante, que en algún cuento de este libro se sumerge de lleno (de lleno pero a la vez con cautela) en el territorio del terror, flirteando con lo fantástico (como esa pata que le sale a un personaje detrás de la oreja, tal vez la misma que espantaba a Adelaida García Morales debajo de su nevera en el libro anterior, o esos veloces bultos que se mueven por un parque municipal, y que parecen proceder de otros cuentos vecinos, como “Myotragus”). Jugando también con lo psicológico, lo inconcreto (“La habitación de arriba”), Navarro se emparenta con otra estirpe de la literatura de miedo, más henryjamesiana, de sabor más clásico, aunque de nuevo la melodía estilística suene muy cercana, y las referencias (ya sea Radio 3 o un área de servicio de Los Monegros) parezcan inmediatas. Navarro tiene ese don: encontrar en lo próximo no sólo buena literatura, que eso es habitual, sino buena literatura que es a la vez cotidiana y misteriosa, no como hace la poesía sino más bien al modo de las pesadillas, “algo tan antiguo que ni siquiera puede nombrarse”.

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