“La hazaña secreta”, de Ismael Grasa

el 24 mayo, 2018 en Libro de la Semana

La hazaña secreta

La hazaña secreta

Grasa, Ismael

ISBN

978-84-17141-57-8

Editorial

TURNER PUBLICACIONES

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En un mundo ideal no haría falta un libro como éste, se daría por consabido todo (o casi todo…) lo que se lee en él. Y es que Ismael Grasa, en efecto, ha escrito un pequeño tratado para hacer su aportación a otra sociedad posible y mejor en la que todo (o casi todo…) lo que aquí leemos sean obviedades (los ciclistas no han de invadir la zona de los peatones, no debemos producir un ruido que moleste a los demás, hay que asearse…). Ójala este libro fuese innecesario, queremos decir, aunque, por otra parte, que no lo sea tiene la ventaja de que hemos podido leerlo, y esa lectura ha sido una verdadera delicia, y es en sí uno de esos actos cívicos y virtuosos y edificantes que en sus páginas se defienden de un modo tan firme y siempre (o casi siempre…) convincente.

Pero hemos arrancado mal, porque de ninguna manera estamos ante un ensayo tan previsible como tal vez haya podido parecer en el anterior párrafo. Hay en La hazaña secreta (gran título, procedente de una novela de Ramón Gómez de la Serna) un buen montón de reflexiones sorprendentes, o de certezas clásicas formuladas de una forma nueva y refrescante, divertida y lúcida. Porque ésa es otra de las características que no podemos dejar de apuntar: este libro está escrito con esa misma sencillez que él aplaude a la hora de enfrentarse a todo, pero a pesar de ello (o, pensamos, precisamente por ello) está realmente bien escrito, con brillantez y con un aliento y un tono que conectan directamente con los grandes moralistas (“moralista” es una palabra que casi siempre se usa ya con intenciones peyorativas y que, sin embargo, seguramente Grasa agradecería, pues en el buen sentido de la palabra designa a aquel que discierne lo bueno de lo malo y sabe explicarlo, enseñarlo y defenderlo con las armas de la razón, pues se puede ser moralista sin ponerse demasiado dogmático,,,). La genealogía de este libro se remonta a la Antigüedad (no hay que olvidar que su autor es profesor de Filosofía) y, pasando por Montaigne –a quien Grasa cita y glosa–, conectaría –más en lo estilístico que en lo ideológico– con un Thoreau o un William Morris, pues el modo de razonar y sentenciar es a veces semejante, aunque Grasa no busca grandes cambios sociales sino más bien lo contrario: propone un retorno a cortesías interpersonales y consideraciones sociales que un día fueron elementales y que hoy están en clara decadencia.

El tema del libro es la ejemplaridad (concepto que años atrás puso de moda Javier Gomá, otro buen moralista), que Grasa denomina, con esa sencillez amable de la que hablábamos, “la vida nueva”. Se habla en el libro de “gimnasia moral” y, en un hallazgo especialmente feliz, de la necesidad de “aprobar el presente” (en el sentido de superarlo, y si es mejor con buena nota), pero todo está trufado de aforismos emboscados, de máximas agazapadas, de proverbios estupendos (“quizá la mejor campaña por la lectura sea un hombre que lee a solas y guarda luego su libro”; no hay verdadero heroísmo, ni virtud, donde falta el aprecio por la vida”; “Lo que quizá haga valiosa nuestra esperanza es que no tenemos ninguna razón para tenerla”…). Cada uno de los textos va rematado por una cita de alguna fuente ajena, y se agradece que preste tanta atención a la poesía (y que elija tan bien a los poetas: Philip Larkin, Sol Acín, Eloy Sánchez Rosillo…), pero en el resto de libros utilizados destacan otros efectivamente magistrales, como las cartas de Saul Bellow, las crónicas de Augusto Assía o los ensayos de Natalia Ginzburg.

Que el libro sea impecable no quiere decir que sea indiscutible (al leerlo no hemos de sentirnos mal por no afeitarnosprecisamente todos los días, o por si regalar objetos de oro es una de las últimas cosas que se nos ocurrirían en este mundo, o por descontado no nos ha de preocupar qué pensaría Grasa de nuestro “torpe aliño indumentario”, si es que hemos decidido que sea ése nuestro aspecto –o, mejor, si es que esa dejadez que él critica es genuina precisamente porque no hemos tomado nunca ninguna decisión al respecto–…), pero desde luego al buen lector el tono le caerá bien desde la primera línea, y encuentra también la complicidad inmediata de aquellos que buscamos o que celebramos la calidad civil, la convivencia digna y decente, la preservación de las buenas formas. Son términos anticuados, sí, pero necesarios. Y sobre todo insiste en la buena disposición hacia el mundo, en estar sabiamente preparados para recibir lo que venga y afrontarlo con madurez, serenidad y gallardía. A veces vendrán penurias, enfermedades y decepciones, pero otras llegarán alegrías inesperadas, reconocimientos, helados de limón y libros como éste.

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