"Filek. El estafador que engañó a Franco", de Ignacio Martínez de Pisón

Filek

Filek

Martínez de Pisón, Ignacio

ISBN

978-84-322-3367-8

Editorial

Seix Barral

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Muchos grandes escritores llegan a serlo porque aciertan a plantar su bandera principal en el sitio adecuado, trabajando tenazmente para hacerse fuertes en el estudio detallado de un espacio (fundándolo, a menudo) o a veces de un tiempo, de una época. En ese sentido, hace ya muchos libros que Ignacio Martínez de Pisón comprendió que su territorio natural, el hábitat mejor para esos personajes siempre un poco pícaros y buscavidas que más le interesan, estaba ubicado en los sombríos aledaños de la Guerra Civil, prolongándose muy particularmente tiempo adelante, reptando a través del Franquismo hasta llegar con especiales ganas a los años sesenta, aquellos años de apertura y desesperación en los que se desarrollaban sus dos mejores novelas hasta hoy: Carreteras secundarias (novela que ya ha merecido una solvente edición crítica) y El día de mañana, la narración con la que el zaragozano demostró definitivamente que es capaz de las mayores hazañas literarias, y siempre sin experimentos estilísticos, sin saltos mortales, a través de personajes singulares pero creíbles, siempre a pie de calle.
En sus historias más recientes se ha instalado en los años cincuenta (La buena reputación, Premio Nacional de Narrativa) o se ha descolgado hasta transitar la Transición y los ochenta (Derecho natural), pero de repente se remonta hasta los tiempos de Enterrar a los muertos, y lo hace con un nuevo “relato real” que, en esos asuntos genéricos, tiene algo que ver con aquel celebrado libro sobre José Robles Pazos. A lo largo de Filek. El estafador que engañó a Franco, Martínez de Pisón apunta en dos ocasiones que “si esto fuese una novela…” (en una fórmula casi idéntica a la que su amigo Javier Cercas utilizó recurrentemente en El monarca de las sombras), colocando su texto en ese estimulante terreno fronterizo de las quests, ese subgénero narrativo fundado por A.J.A. Symons (en su genial A quest for Corvo) que mezcla a partes iguales biografía y novela, y que trata de contar los pasos reales de algún personaje esencialmente anónimo, gentes de quienes apenas quedan testimonios o documentos. Una de las características definitorias de la quest es la paradoja de que las lagunas ayudan, los datos que faltan hacen que todo sea más enigmático en un sentido no insatisfactorio sino sugerente, y eso tiene como consecuencia que esos curiosos libros estén más emparentados con la literatura que con la historia, siempre con un grado de ficción o una batería de especulaciones que pueden comprometer la veracidad, pero nunca la verosimilitud. En el caso del estafador Albert von Filek, Martínez de Pisón se ha encontrado en sus pesquisas con muchos silencios, muchas puertas cerradas, muchos archivos incompletos, y deja todo el rato claro en qué momento acaban los datos y comienzan las conjeturas. No podemos ni queremos adelantar ni una sola de las informaciones de este libro, pero es fácil comprender y compartir su sensación final, esa frustración ante las piezas que faltan en el puzle, pero es que son precisamente esas ausencias las que permiten la magia, las que dan lugar a esa disolución de la realidad en imaginación de la que nace la mejor fantasía, esa que está apegada ya no a lo real sino a la vida (que es mucho más que la simple realidad pues incluye lo soñado, lo anhelado, lo imposible).
En su meritoria investigación, con todo, el escritor se ha mostrado prudente y comedido, siempre cauto y sensato, y tanto lo que explica como lo que imagina parece impecable. Y Martínez de Pisón es, a la vez, un magnífico lector (y casi un crítico) de su propio libro, y además el mejor compañero de viaje posible para los demás lectores, pues va apuntalando la lectura con comentarios metalibrescos exactos. Es cierto, por ejemplo, que todo lo que tiene que ver con esa supuesta gasolina barata inventada por el falso inventor austriaco tiene algo cómico, casi simpático, pero Martínez de Pisón vuelve a colocarse en el centro de su propia narración en la página en la que debe ponerse serio y explicar en qué momento la complicidad que podía sentir por su personaje (o la seducción y la sensación de cercanía que pudiera ejercer sobre nosotros) queda plenamente anulada, al descubrirse ciertos asuntos de naturaleza gonzalezruanesca en determinadas estafas relacionadas con salvoconductos de judíos…
Sea como sea, la atracción del escritor por las dobles vidas ha vuelto a dar un resultado magnífico. En esa galería de retratos en la que ya teníamos delatores, espías, imitadores y arruinados, en esa pisoniana comedia humana del disimulo y la impostura, faltaba la figura de un timador a lo grande, y ahora la ha encontrado no en su propio ingenio sino en los periódicos de la época y en algunas crónicas posteriores (y concretamente, según explica en la presentación, la primera alusión a Filek la encontró leyendo la biografía que Paul Preston dedicó a Franco). Que esas referencias sean tan lacónicas e incompletas no es lo que lastra este libro sino lo que lo permite y engrandece, y Martínez de Pisón, además, ayudado por una buena bibliografía, ha sabido envolver las peripecias de Filek con informaciones muy interesantes sobre sus sucesivos contextos, desde la Austria natal hasta el Hamburgo final, pasando por las cárceles, la prensa y los pasillos ministeriales republicanos y franquistas, levantando un retablo del despropósito en el que pocos personajes quedan bien, porque muy pocos demuestran seriedad e inteligencia. El propio Franco, que obviamente no era un hombre tonto, incurrió sin embargo ante Filek en una candidez (o en eso que hace pocos años todo el mundo llamaba wishful thinking) inversamente proporcional a la estatura moral de su política. En una España secustrada y necesitada de toda suerte de milagros, lo postizo tenía muchas oportunidades. En este libro se explica de un modo formidable.
 

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