“El último barco” de Domingo Villar

el 29 abril, 2019 en Libro de la Semana

El último barco

El último barco

Villar, Domingo

ISBN

978-84-17624-27-9

Editorial

Siruela

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El último barco, en sus más de setecientas páginas, nos trae un nuevo caso de Leo Caldas, el inspector de policía de Vigo que sedujo a tantos lectores en las dos entregas anteriores: Ojos de agua y La playa de los ahogados.

Diez años de espera para esta tercera novela de Domingo Villar podrían haber elevado la exigencia de unas expectativas derivadas de aquella grata impresión tan duradera en el tiempo, y empañar, de algún modo, una lectura largamente deseada.

No ha sido así. Con la reaparición de Leo Caldas y su equipo de investigación, el autor vuelve a ofrecernos una novela policíaca de altura en la que no hay acción trepidante ni asesinatos brutales ni complicados manejos criminales.

Ni falta que le hace, diría yo. El lector queda atrapado desde el principio sin esos tópicos ingredientes de género.

Y es que con El último barco comprobamos una vez más que las novelas de Domingo Villar tienen algo magnético. Algo que envuelve al lector más allá de la trama y la intriga que proponen.

Para ello se sirve esencialmente de diálogos, en su mayoría a modo de interrogatorios que hacen avanzar la investigación. Y a través de los diálogos se van presentando los distintos personajes que aparecen perfilados, a veces solo intuidos, en sus palabras, en sus gestos, en silencios y miradas, incluso en el tono que emplean, mostrado todo ello con una certera habilidad literaria.

Destaca aquí el enigmático Camilo, un joven impenetrable cuyos silencios, extraños balanceos y un don especial describen sus peculiaridades personales, contradictorias y quizá claves en la investigación.

El vagabundo que mendiga apostado con su perro, testigo de mucho más que el deambular de los transeúntes, y que acostumbra a ofrecer breves enseñanzas de latín a cambio de unas monedas.

El impulsivo y malhumorado agente Estévez, ayudante del inspector Caldas, con su fondo de bondad, al que se le hace difícil comprender el carácter indeciso de los gallegos.

El padre de la chica desaparecida, el fotógrafo y naturalista inglés, un viejo pescador amante de los jilgueros, los profesores de la escuela, el comisario, el locutor sin escrúpulos… componentes, junto a otros muchos secundarios fundamentales, de un paisaje humano muy ligado a la tierra en que se desarrolla la historia.

La crueldad en esta novela negra queda fijada en los prejuicios, en la hipocresía, la mentira y el engaño; en el encubrimiento de la degradación humana bajo una apariencia de normalidad.

Domingo Villar cuida sus obras con mimo, como los artesanos de esa escuela de Artes y Oficios, uno de los escenarios protagonistas. Porque los lugares por los que se mueven los personajes consiguen ponerse al mismo nivel que éstos, de tal manera impregnan la lectura, que va acompañada del rumor de las olas o el restallido de la lluvia en las ventanas; de la bruma que oculta el horizonte  o de leves escalofríos al sentir un golpe de viento con fuerte olor a salitre.

El arte se ve y se aprecia en la obra terminada. La admiración queda justificada con las sensaciones que logra transmitir una labor limpia y meticulosa; con la satisfacción y el asombro al terminar de leer una novela redonda, alejada siempre de rebuscados artificios literarios, cosa que, a veces, se agradece, sobre todo porque, como he dicho antes, ni falta que le hacen.

Olivia Lahoya, Librería Estudio (Miranda de Ebro, Burgos)

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