“El hombre que camina”, de Franck Maubert

el 18 febrero, 2019 en Libro de la Semana

El hombre que camina

El hombre que camina

Maubert, Franck

ISBN

978-84-17346-48-5

Editorial

Acantilado

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Reconocerán, quienes han tenido la oportunidad de confrontar su condición humana con la de El hombre que camina, que hay algo muy enigmático en esta escultura de Alberto Giacometti. Algo que nos concierne. Algo que la dota de vida, aun siendo de bronce. Algo que resume muy bien nuestra propia esencia, “en movimiento, con una cabeza que piensa”.

Hace más de cuarenta años, una tarde de tormenta, el escritor francés Franck Maubert contempló por primera vez esta escuálida silueta, “humilde y altiva”, y desde entonces no ha cesado de dialogar con ella.

“¿Por qué nos emociona tanto?”, se pregunta. “¿De dónde viene este hombre que tanto se nos asemeja?”. Con su rostro rugoso, sus largas piernas flacas y los brazos junto al cuerpo, “daba la impresión de salir de una noche sin nombre. Su mirada dirigida al horizonte parecía la de quien rumia la tres preguntas eternas pero fundamentales: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?”.

Fruto de esa fascinación ha escrito El hombre que camina, un breve y sugerente ensayo que acaba de publicar en nuestro país la editorial Acantilado, con traducción de Núria Petit. En él, Maubert cuenta la historia de una escultura que es emblema del siglo XX y en la que Giacometti estuvo trabajando incansablemente entre 1946 y 1962, con sus distintas versiones y variaciones temáticas.

Es ésta una lectura muy interesante para los amantes del arte y de la historia del arte, también de la filosofía y de la cultura de posguerra, ya que nos vamos adentrando en el minúsculo taller de Montparnasse para seguir la trayectoria de un artista obsesionado por la representación humana, cuyas raíces se remontan al arte etrusco y al egipcio, a Tintoretto, Giotto y Rodin.

Por estas páginas desfilan Jean-Paul Sartre, Jean Genet, Samuel Beckett, Henry Cartier-Bresson, y conocemos algunos episodios de su vida, como el atropello que le dejaría una pequeña cojera y que sería fundamental en su percepción del equilibrio de los cuerpos.

Alberto Giacometti (Suiza, 1901-1966) coqueteó con las vanguardias, dibujó y esculpió, creó a partir del vacío y no de la masa, hizo y deshizo su obra por una insatisfacción crónica hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial y a su regreso a París, encontró en la figuración y en el existencialismo el modo de volcar sus obsesiones artísticas: “inventar una forma que sintetice al hombre y su condición”.

Eso es lo que explica que no se trate de una escultura, sino de varias: “El hombre que Camina”, que Giacometti realizó en 1947 y que expuso en la Pierre Matisse Gallery de Nueva York, con seis ejemplares numerados y cuatro con la inscripción ‘prueba de artista’; “El hombre que camina I y II”, creadas para el proyecto del Chase Manhattan Bank en 1960 y 1961, y “El Hombre que camina III”, que permanece inacabada. Y que tenga “falsos gemelos”, como los llama Maubert. Piezas como “Mujer que camina”, “La plaza”, “El claro” o “El bosque” redundan en el afán de Giacometti por descubrir y representar el misterio del ser.

“El hombre que camina está de pie, erguido, mirando hacia delante, hacia el futuro aunque sea incierto. Y el hombre que camina eres tú, soy yo, con su cuerpo humano, esquelético, demacrado tal vez, pero en movimiento, con una cabeza que piensa. Por eso nos interpela y nos emociona”.

Giacometti consideraba el arte como una escuela de la mirada y, en un momento en el que su obra se expone en el Guggenheim de Bilbao y muy pronto regresará a Madrid, al Museo del Prado, os dejamos con la provocadora invitación que lanza Franck Maubert desde estas páginas: ”Delante de una obra hay que prestar oído, escucharla, tomarse el tiempo necesario para que se instaure un diálogo. No hay nada más personal, más íntimo, que la relación de una obra con quien la mira. Hablo de una auténtica confrontación, no de la distracción del que pasa ante un cuadro o una escultura en un museo sin saber qué hace allí, sólo para poder decir al salir «lo he visto»”.

Amparo y Sonia, Librería Palas (Sevilla)

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