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“En islas extremas”, de Amy Liptrot

el 22 enero, 2018 en Libro de la Semana

EN ISLAS EXTREMAS

EN ISLAS EXTREMAS

Liptrot, Amy

ISBN

978-84-947471-2-0

Editorial

Volcano Libros

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“Si las palabras que escribimos nacieran del oxígeno…”  ( Lidia Chukóvskaia: Inmersión. Un sendero en la nieve, Madrid, Errata Naturae, 2017, p. 60).

“No comprendía a los que deseaban vivir en el campo para estar en contacto con la naturaleza” (Amy Liptrot, En islas extremas).

Sed. Agua, pero no. Piedras secas. Recomponerse. Luchar hasta la extenuación. Deseo infinito de beber. De seguir. Extremos que nos delimitan. Islas. Viento, acantilados no de mármol sino piedra, erosión, agujeros inmensos. Volver a luchar. Levantarse. Construir con las propias manos. Todo esto son las memorias de Amy Liptrot y mucho más. Honestidad brutal, que cantaba otro drogodependiente.

Volcano libros es un retoño. Un tierno pimpollo dentro del magma editorial. Edición cuidada y una gran traducción de María Fernández Ruiz. Y no podemos sino saludar con entusiasmo que uno de sus primeros libros sea un aldabonazo. Un barco que se fractura ante las costas de las Orcadas. Resumiendo mucho: una joven de padres ingleses nace en las islas cuando sus progenitores se mudan allí. Huye, o eso cree, con apenas veinte años a la City, ese Londres metafísico donde, se supone, se hará famosa. Allí pasa diez años de trabajos precarios, pisos hediondos y noches y días largos bebiendo hasta perder el conocimiento. Hasta que algo se rompe y entra en AA. Allí decide volver a las islas y, desde ese lugar duro, recio, comienza la escritura sin edulcorantes. Recia como los habitantes y libre como los pájaros que habitan esas frágiles islas emergidas en un mar embravecido. Insisto. Sin concesiones. Es un ajuste de cuentas consigo misma, pero alejado de cualquier edulcorante o moral de libro de autoayuda. Amy Liptrot se desnuda y desmenuza sin miramientos. Con escalpelo o máquina de esquilar ovejas.

Londres. Trabajo precario, noches sin fin. “La bebida se apoderó de mí” (p. 49) Finalmente “bebía más de lo que comía” (p. 55). Pinceladas del testimonio de la autora impregnadas de salitre y que se queda tras la lectura:

“Perdí el control de mis emociones. Mis pensamientos y mi comportamiento eran turbulentos e incontenibles. […] Era esclava del dolor (…) Había cruzado el límite y no sabía cómo regresar. […] Estaba confusa y era incapaz de decidir dónde ir, a quién ver o qué opinar; llenaba ese vacío con alcohol y ansiedad. Y grité que estaba a la deriva, impotente ante aquella necesidad irracional, aquel deseo” (pp. 66-67)

Y, así, el inicio del tratamiento. Como dice la propia Liptrot, tuvo que enfrentarse a ese deseo por sí misma, que es la única manera. En uno de los párrafos más conmovedores del libro (y hay muchos) relata ese primer día en la clínica de desintoxicación:

“No fue lo remoto del sitio, ni los asientos raídos ni los fríos procedimientos burocráticos lo que me hizo llorar en aquella sala de espera de la clínica de adicciones: fue el olor. El mismo hedor agrio que se apoderaba de mis dormitorios londinenses, el tufo de una oveja enferma que hay que marcar con una equis roja para llevarla a sacrificar. No es como el olor a alcohol, es una fragancia nauseabunda que emana de los poros de la piel de una criatura cuyos órganos internos, hígado y riñones, se esfuerzan en procesar las tóxinas y eliminar el veneno a través de la piel, las uñas y los globos oculares” (p. 71).

Tras las semanas de rehabilitación surge la posibilidad, la idea, necesidad o impulso de volver a las Orcadas. Desde ese momento, Amy Liptrot remueve, escarba en su pasado y su futuro para ir contando esos momentos mágicos que le otorga ese lugar único en el mundo. Siempre rondando esa sed insaciable pero cada vez más fuerte, más implicada e imbricada con su cuerpo: “He regresado a estas rocas golpeadas por el viento, confiando en que mi imaginación y mi entorno me devuelvan la esperanza” (p. 145).

Es la lucha cotidiana por la supervivencia en un lugar extremo desde otro sentimiento extremo. Una lucha titánica narrada con belleza, nostalgia y de la que, finalmente, sale vencedora pero exhausta, triunfante pero frágil. Es decir, profundamente humana (“Quiero que las islas continúen manteniéndome fuerte y ayudándome a resistir”: p. 135).

Leer este libro es ver las dos caras que subyacen a la vida en el campo y en la ciudad. O cómo pueden desarrollarse. No es un elogio al retorno a la naturaleza, la autora no se ve sin internet y sus conexiones instantáneas. Su capacidad para conocer mejor lo que observa. Para profundizar en sus conocimientos. Tal vez sea la simbiosis que necesite el s.XXI. [El capítulo 19 especialmente]. Termino aquí. No quiero desmenuzar más. Solo acérquense a este libro como una ventana a los vientos del norte, al aullido del mar y el olor a salitre:

“He dejado de beber para hacer cosas, no para pasarme el tiempo hablando sobre dejar de beber. Desde entonces me paso las noches fuera en mi postura astronómica, cabeza atrás, boca abierta, medio mareada. En la gélida ladera de una colina Orphir, vi la estación Espacial Internacional cruzar el cielo a toda velocidad. En el corazón de las Orcadas me guarecí detrás de un menhir del Círculo de Brodgar y el cielo estrellado formó un baldaquino brillante sobre las colinas bajas y los oscuros lagos que me rodeaban” (p. 58)

Y un final estilo Blade Runner. Disfrutad el libro.

Katakrak Liburuak (Pamplona)

 

 

 

“Todos marcharon a la guerra”, de David Vogel

el 24 noviembre, 2017 en Libro de la Semana

Todos marcharon a la guerra

Todos marcharon a la guerra

Vogel, David

ISBN

978-84-16461-14-1

Editorial

Xordica

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Hemos leído muchos libros sobre campos de concentración, pero en ellos pocas veces como en este párrafo se ha acertado a expresar la mezcla de tedio y temor que existía allí entre los hacinados: “En ese momento la habitación quedaba ordenada, el trabajo se había terminado y un día más, eterno y monótono, igual que el de ayer y anteayer, se abría delante de ti: de nuevo saldremos un rato al patio, intercambiaremos unas palabras con este y aquel, entraremos a ver a la pandilla en la otra habitación durante un rato y saldremos de allí mirando al vacío mientras esperamos el almuerzo que nos sacará del aburrimiento. Un sinfín de preocupaciones de todo género te roerá la cabeza, además del perenne y oculto temor a algo indefinido por venir, que no te abandonará ni por un instante”.

Su autor fue David Vogel (ucraniano de 1891 pero nacionalizado austriaco desde 1925), y trágicamente acertaba al sentir ese “temor a algo indefinido por venir” porque terminó asesinado en el campo de exterminio de Auschwitz en 1944. Antes, a comienzos de 1940, había contado en Todos marcharon a la guerra, que ahora se presenta por primera vez en castellano (traducido desde el hebreo por Rhoda Henelde y Jacob Abecasis), su penosa experiencia en el centro de internamiento de Bourg y en los campos de concentración franceses de Arandon y Loriol, donde sucedió todo eso que ya sabemos, donde se cuenta lo previsible, y donde sin embargo leemos como si fuera por primera vez hechos tan inverosímiles como veraces. Judío de nacionalidad austriaca en Francia, Vogel lo tenía francamente mal cuando en 1939 Francia declaró la guerra a Alemania, momento en el que arranca el libro para señalar cómo los sucesos de la Historia van a atropellar los derechos de un ciudadano. Recluido como si fuera alemán, enseguida es su religión la que, sin demasiados disimulos, justifica entre sus captores la continuidad de su reclusión, y su traslado a campos específicos para judíos. La locuaz francofobia del autor queda explicada de un modo difícilmente rebatible, y se une a una larga lista de testimonios directos sobre la inmensa culpa de Francia en aquellos años, antes incluso de la Ocupación.

David Vogel, con una prosa sencilla pero realmente atractiva y exacta, consigue tejer un libro amable y terrible a la vez, escrito con cierta actitud kafkiana (kafkiana de El proceso) en el sentido de que el protagonista asiste a todo lo que le pasa fingiendo no entender nada, subrayando el absurdo de los motivos por los que se les busca y se les reúne bajo vigilancia en condiciones denigrantes, con una ingenuidad que en buena medida es postiza, estilística, pero literariamente eficaz porque expone cómo la realidad puede ser llegar  a ser literalmente inexplicable, grotesca: “Estaba enjaulado, recluido. Por vez primera, sentí que no se trataba de ficción, sino de una amarga realidad. Habían aprehendido a un hombre que no había hecho ningún mal a nadie y lo metían en la cárcel. Lo sentí como una afrenta personal, como si me hubiesen abofeteado en plena calle, menospreciado como ser humano delante de muchísimas personas”. Es, por supuesto, un libro herido, y además pesimista (y el tiempo le daría la razón a Vogel, al menos en cuanto a su destino particular), y sin embargo hay espacio para el humor, o para retratar ciertos momentos de generosidad en medio del hambre, la suciedad, el miedo, la enfermedad o la desesperación.

Hay como una obligación moral, un deber civil, en leer a quienes murieron asesinados en los campos de exterminio, al menos cuando escriben sobre todo eso que les estaba pasando. Los testimonios en primera persona de aquellos hombres y mujeres es todo lo que les queda a aquellos a los que les quitaron todo del modo más inhumano: es su voz, su memoria, su protesta, su advertencia. Son textos vigentes por definición, documentos de primer grado. Pero si además están escritos con la altura literaria de Todos marcharon a la guerra, con su espíritu bondadoso y modesto, con su moderación estratégica en medio de la indignación, con su prosa sagaz e indagadora… la lectura se convierte, además de en un recordatorio necesario, en un placer. Un placer en tensión, un placer estremecedor, un placer, sí, culpable, pero no porque estemos disfrutando de un libro estupendo, sino por la consciencia releída y renovada de todas las cosas que hemos hecho.