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“Correo literario”, de Wisława Szymborska

el 31 mayo, 2018 en Libro de la Semana

Correo Literario

Correo Literario

Szymborska, Wislawa

ISBN

978-84-17281-18-2

Editorial

Nórdica Libros

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Si las estadísticas lectoras (y nuestra propia experiencia al respecto) no nos engañan, la mayoría de clientes pasarán de largo de este libro al verlo ya no en la sección de poesía sino, todavía peor, en la de teoría literaria, y es una lástima porque están así renunciando al libro más inteligente, divertido y literalmente desternillante del mundo.

No, no exageramos: es un libro con el que soñábamos desde que hace tres años apareció en español la maravillosa Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska, de las periodistas polacas Anna Bikont y Joanna Szczęsna. El capítulo 9 de aquel libro se titulaba “Quince años en Żicie Literackie“, y reproducía ya, al tiempo que las glosaba, alguna de las respuestas que, anónimamente, dio Szymborska a los candidatos a escritor que enviaban sus tentativas, más tímidas o más altivas, a esa publicación: “Recordaba también que no se debe sucumbir en exceso a las emociones y que de los sentimientos más nobles podían nacer poemas malos”, “También aconsejaba mirar con lupa las palabras y hacer uso de las grandilocuentes con el comedimiento de un boticario“…

El libro que Nórdica Libros ha puesto ahora en nuestras manos, traducido por Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz, es una importante selección de los más chispeantes y reveladores veredictosque aquellos originales le  merecieron, con los cuales la poeta levanta, como quien no quiere la cosa, toda una teoría general de la escritura que resulta francamente reconfortante, por lúcida, modesta y alérgica a los intrusos que la literatura ha tenido que sufrir en toda época y todo lugar. Y siendo sus poemas tan buenos como son, lo cierto es que Szymborska tal vez brillaba incluso más en sus ensayos, sus cartas, sus informes de lectura, y esta antología es, en ese sentido, un verdadero banquete, y un libro simplemente necesario para cualquiera que pretenda sentarse a escribir sus cosas o, sobre todo, para cualquiera que se proponga enseñarlas.

Es muy tentador ofrecer aquí una pequeña antología de la antología, pero son tantos los apuntes geniales, tantas las intuiciones exactas, tantos los consejos impagables… que hemos de renunciar, emplazando a todo el mundo a la lectura inmediata del libro, con el mismo espíritu con el que las autoridades sanitarias obligan a vacunarse. Pero adelantaremos que Szymborska defendía para los escritores una combinación de talento innato (algo que juzgaba simplemente necesario) y de trabajo, de perseverancia, de esfuerzo… y también de paciencia, de mesura: tan peligroso como lanzarse a escribir con excesiva precocidad (“El éxito de un debut juvenil depende sobre todo de la frescura de la imaginación y de una forma de mirar el mundo no rutinaria”) es acostumbrarse a la fecundidad, que te guste demasiado lo que tú mismo escribes y pierdas el criterio (la poesía es una fiesta, y ésta, por definición, “no se da todos los días, sino sólo muy de vez en cuando, es el fruto de un estado excepcional, una feliz casualidad. Ni siquiera los poetas con un gran bagaje literario están habituados a escribir poemas. A no se que ya no sean poetas”…). Lo demás, en el libro (y lo demás no es silencio, sino el mayor de los jolgorios).

 

“Mis libros. Ensayos sobre lectura y escritura” de Arthur Conan Doyle

el 26 abril, 2018 en Libro de la Semana

Mis libros

Mis libros

Conan Doyle, Arthur

ISBN

978-84-8393-223-0

Editorial

Páginas de espuma SL

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Resulta que una vez cenaron juntos Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle, y su conversación, entre un enjambre de editores y directores de revistas, debió de ser memorable. En algún momento alguien se preguntó cómo serían las guerras del futuro, y Wilde, con su legendaria rapidez (y con no poco acierto), afirmó que “Un químico de cada bando se acercará a la frontera con una botella”. Pero lo que sí sabíamos es que a Wilde le gustaba brillar solo, y es entonces cuando brilla sir Arthur, al explicarlo con elegancia y dureza indirecta: “Su comportamiento y sus opiniones eran exquisitos, pese a que el monologuista, por mucho que sea su ingenio, en el fondo nunca puede ser un caballero”.

“Está bien decir que alguien es inteligente, pero el lector quiere ejemplos de ello”, afirma Arthur Conan Doyle, y el lector encontrará en esta recopilación de ensayos, entrevistas, artículos y hasta cartas al director un verdadero banquete, tanto para los irremediablemente adictos a sir Arthur como para los recién llegados, tanto para los iniciados como para los candidatos a incorporarse a esta cofradía de la felicidad. Los primeros ya saben que el escocés nunca falla, que es una lectura gozosa segura; los segundos podrán comprobarlo mientras recorren estos textos dispersos en los que el escocés reflexiona sobre sus lecturas favoritas o, aún más interesante, repasa su propia trayectoria, todos traducidos por Jon Bilbao (de quien hace pocas semanas reseñamos su novela El silencio y los crujidos). Su admiración por Macaulay, sus agudas objeciones a Johnson y Boswell (“desde el mismísimo momento en que se conocieron, Johnson estaba destinado a ejercer un dominio absoluto sobre el otro, lo que hacía la crítica imparcial tan difícil como entre un padre y un hijo”), su incondicionalidad ante George Borrow o su afecto a contemporáneos suyos como Poe, Hawthorne, Kipling y Stevenson quedan maravillosamente explicados aquí, entre una buena batería de juicios generales estupendos y muy reveladores: ”Me temo que para ser escritor hay que nacer escritor”, “Alguien estrecho de miras nunca hará nada bueno en el campo de la literatura”, “El exceso de alabanzas puede acabar con una persona, que dejará de esforzarse por hacerlo mejor”, “Ni la más fértil de las imaginaciones puede inventar nada más maravilloso y estremecedor que la verdadera Historia”…

No nos extraña que, como lector, afirme que “no hay casi nada que no me interese”, pero sí es más sorprendente descubrir también a un Doyle bibliofilo, apegado a los propios volúmenes, y eso sucede en “Más allá de la puerta mágica”, el texto más extenso de la recopilación, en el que Doyle nos franquea el paso a su biblioteca: “Leer  se ha vuelto demasiado fácil hoy en día, con ediciones en papel barato y bibliotecas gratuitas. Lo que se consigue sin esfuerzo no se aprecia en todo su valor [...] Un libro debería ser tuyo antes de poder saborearlo, y a menos que te haya costado trabajo hacerte con él, nunca disfrutarás del verdadero orgullo de poseerlo”.

Con serenidad (pero con la ambición nítidamente lesionada), Doyle explica con mayor claridad que nunca su aversión hacia su más célebre criatura: “Al final todo recibe el reconocimiento que se merece, pero creo que si nunca hubiera creado a Holmes, que emborronó otros trabajos superiores, mi posición literaria en la actualidad sería más alta”, opinión que en otro lugar desarrolló de un modo más razonado, aunque discutible al atribuir tan poca trascendencia a las maravillosas historias de su personaje: “Las buenas obras literarias son las que hacen que, tras haberlas leído, el lector sea alguien mejor. Pero nadie puede mejorar -en el sentido elevado al que me refiero- por leer a Sherlock Holmes, aunque puede haber disfrutado de una hora agradable al hacerlo. No era mi intención hacer una obra mayor, y ninguna historia de detectives podrá serlo nunca; todo lo relacionado con temas criminales no es más que una forma barata de despertar el interés del lector”.

Quienes podemos decir de Doyle lo mismo que él decía sobre los autores citados (y sobre Walter Scott, y sobre Samuel Pepys, y sobre Coleridge, y sobre…) hallamos en esta colección de ensayos una verdadera ventana abierta al estudio del autor, pero también a su psicología, a una intimidad que pocas veces dejó revelarse explícitamente. Es un libro realmente iluminador e importante, lleno de joyas, lleno de inteligencia, lleno de amor activo por la literatura, vista sobre todo desde el lado del escritor, un escritor que se esforzó por serlo y que, al cabo, está en el Parnaso como uno de los más grandes.

(Post data, puramente anecdótica y probablemente irrelevante, aunque yo creo que no: hacía muchos años que, leyendo absorto en el metro, no me pasaba de parada. Con este libro ha vuelto a sucederme.)