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“El vendedor de tabaco” de Robert Seethaler

el 8 enero, 2019 en Libro de la Semana

El vendedor de tabaco

El vendedor de tabaco

Seethaler, Robert

ISBN

978-84-9838-897-8

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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Un rayo, y poco después una bofetada. De esa forma rápida e inesperada empieza lo que será la nueva vida de Franz, protagonista de la nueva novela de Robert Seethaler.

Si en la anterior, Toda una vida (reseñada para ‘Los Libreros Recomiendan‘ por la Librería Jarcha de Madrid), la historia se vertebra en torno a la relación del hombre con la naturaleza, en esta ocasión, y con un convulso escenario histórico de fondo, son la pérdida de la inocencia y la necesidad de comprender el mundo y a uno mismo, de adaptarse a una realidad bruscamente impuesta, los elementos que hilvanan el relato.

Franz Huchel, que siempre ha vivido con su madre en las montañas tirolesas, se ve obligado a trasladarse a Viena para trabajar. Corre el año 1937 y será detrás del mostrador de un estanco donde, entre titulares de periódicos y cigarros, descubrirá el dolor de convertirse en adulto.

El profesor Sigmund Freud será una presencia un tanto espectral pero justificadora y conductora del proceso interior de Franz, así como de su inexperiencia ante el amor, sus preguntas sobre la vida, y su resolución un tanto psicoanalítica (pues Franz comienza a anotar sus sueños cada mañana en un papel, y los va pegando en el escaparate del estanco, a modo de experimentación con la vida y de recreación del diván del profesor).

A pesar del duro proceso de madurez vital del joven, paralelo a un claro posicionamiento político con graves consecuencias para él, no deja de tener esta novela un gusto amable y un halo de cuidadísima fotografía, como si de una superproducción cinematográfica candidata a premio se tratara. El olor a tabaco del estanco, a dulces caseros vieneses, a delantal materno y a sábanas limpias predominan sobre los “Heil Hitler!” que tímidamente comienzan a oírse por las calles, y que pronto se impondrán en el mundo, marcando definitivamente el destino del ya adulto Franz Huchel.

Fuencisla y Susana, Librería Diagonal (Segovia)

“Toda una vida”, de Robert Seethaler

el 15 enero, 2018 en Libro de la Semana

Toda una vida

Toda una vida

Seethaler, Robert

ISBN

978-84-9838-815-2

Editorial

PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

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En poco más de cien páginas  se nos cuenta la peripecia vital de Andreas Egger en una aldea imaginaria de los Alpes.

Una vida poco afortunada de alguien que, tras el abandono de su madre, es adoptado por un tío que lo maltrata y lo deja cojo de una paliza.

Andreas Egger sabe encajar de manera admirable los embates de la vida. Cuando ésta parecía, por fin, sonreírle, un alud le arrebata a su prometida.

El siglo XX pasa por el valle y Andreas va participando en la progresiva modernidad que llega a su pueblo y transforma el modo de vida de sus habitantes, preparando la llegada del turismo masivo de montaña.

Andreas aprovecha las oportunidades que esta situación le reporta para conseguir vivir de manera autosuficiente, y aislándose de la vorágine que se avecina.

La novela, traducida por Ana Guelbenzu, es de una extraordinaria belleza, logrando una simbiosis de vida y naturaleza que consigue emocionar al lector.

Andreas, que vive una larga vida, acaba prescindiendo de toda comodidad y viviendo apenas con lo necesario, y demostrando(nos) con qué poco se puede tener una vida plena, incluso cuando la adversidad ha sido su compañera inseparable.

Un texto que, en estos tiempos en los que la velocidad imprime a nuestras vidas mucho sinsentido, nos llena de tranquilidad, nos hace volver la vista al tempo que marca la naturaleza y nos hace reflexionar sobre la sociedad del despilfarro imperante.

Librería Jarcha (Madrid)

“Todos marcharon a la guerra”, de David Vogel

el 24 noviembre, 2017 en Libro de la Semana

Todos marcharon a la guerra

Todos marcharon a la guerra

Vogel, David

ISBN

978-84-16461-14-1

Editorial

Xordica

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Hemos leído muchos libros sobre campos de concentración, pero en ellos pocas veces como en este párrafo se ha acertado a expresar la mezcla de tedio y temor que existía allí entre los hacinados: “En ese momento la habitación quedaba ordenada, el trabajo se había terminado y un día más, eterno y monótono, igual que el de ayer y anteayer, se abría delante de ti: de nuevo saldremos un rato al patio, intercambiaremos unas palabras con este y aquel, entraremos a ver a la pandilla en la otra habitación durante un rato y saldremos de allí mirando al vacío mientras esperamos el almuerzo que nos sacará del aburrimiento. Un sinfín de preocupaciones de todo género te roerá la cabeza, además del perenne y oculto temor a algo indefinido por venir, que no te abandonará ni por un instante”.

Su autor fue David Vogel (ucraniano de 1891 pero nacionalizado austriaco desde 1925), y trágicamente acertaba al sentir ese “temor a algo indefinido por venir” porque terminó asesinado en el campo de exterminio de Auschwitz en 1944. Antes, a comienzos de 1940, había contado en Todos marcharon a la guerra, que ahora se presenta por primera vez en castellano (traducido desde el hebreo por Rhoda Henelde y Jacob Abecasis), su penosa experiencia en el centro de internamiento de Bourg y en los campos de concentración franceses de Arandon y Loriol, donde sucedió todo eso que ya sabemos, donde se cuenta lo previsible, y donde sin embargo leemos como si fuera por primera vez hechos tan inverosímiles como veraces. Judío de nacionalidad austriaca en Francia, Vogel lo tenía francamente mal cuando en 1939 Francia declaró la guerra a Alemania, momento en el que arranca el libro para señalar cómo los sucesos de la Historia van a atropellar los derechos de un ciudadano. Recluido como si fuera alemán, enseguida es su religión la que, sin demasiados disimulos, justifica entre sus captores la continuidad de su reclusión, y su traslado a campos específicos para judíos. La locuaz francofobia del autor queda explicada de un modo difícilmente rebatible, y se une a una larga lista de testimonios directos sobre la inmensa culpa de Francia en aquellos años, antes incluso de la Ocupación.

David Vogel, con una prosa sencilla pero realmente atractiva y exacta, consigue tejer un libro amable y terrible a la vez, escrito con cierta actitud kafkiana (kafkiana de El proceso) en el sentido de que el protagonista asiste a todo lo que le pasa fingiendo no entender nada, subrayando el absurdo de los motivos por los que se les busca y se les reúne bajo vigilancia en condiciones denigrantes, con una ingenuidad que en buena medida es postiza, estilística, pero literariamente eficaz porque expone cómo la realidad puede ser llegar  a ser literalmente inexplicable, grotesca: “Estaba enjaulado, recluido. Por vez primera, sentí que no se trataba de ficción, sino de una amarga realidad. Habían aprehendido a un hombre que no había hecho ningún mal a nadie y lo metían en la cárcel. Lo sentí como una afrenta personal, como si me hubiesen abofeteado en plena calle, menospreciado como ser humano delante de muchísimas personas”. Es, por supuesto, un libro herido, y además pesimista (y el tiempo le daría la razón a Vogel, al menos en cuanto a su destino particular), y sin embargo hay espacio para el humor, o para retratar ciertos momentos de generosidad en medio del hambre, la suciedad, el miedo, la enfermedad o la desesperación.

Hay como una obligación moral, un deber civil, en leer a quienes murieron asesinados en los campos de exterminio, al menos cuando escriben sobre todo eso que les estaba pasando. Los testimonios en primera persona de aquellos hombres y mujeres es todo lo que les queda a aquellos a los que les quitaron todo del modo más inhumano: es su voz, su memoria, su protesta, su advertencia. Son textos vigentes por definición, documentos de primer grado. Pero si además están escritos con la altura literaria de Todos marcharon a la guerra, con su espíritu bondadoso y modesto, con su moderación estratégica en medio de la indignación, con su prosa sagaz e indagadora… la lectura se convierte, además de en un recordatorio necesario, en un placer. Un placer en tensión, un placer estremecedor, un placer, sí, culpable, pero no porque estemos disfrutando de un libro estupendo, sino por la consciencia releída y renovada de todas las cosas que hemos hecho.