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“Aire de familia. Historia íntima de los Baroja”, de Francisco Fuster

el 8 marzo, 2018 en Libro de la Semana

Aire de familia

Aire de familia

Fuster García, Francisco

ISBN

978-84-376-3791-4

Editorial

Ediciones Cátedra

Mas información

Inaceptablemente joven todavía, pero veterano ya en estos asuntos de la filología, Francisco Fuster García (Alginet, 1984) es el responsable de que en los últimos años hayamos podido acceder a un buen puñado de libros descatalogados, desconocidos o directamente inexistentes por dispersos (nos referimos, claro, a las recopilaciones de artículos), y, como ya se ha señalado en otras ocasiones, eso le convierte en uno de los más activos representantes del renuevo generacional en los estudios sobre la “Edad de Plata de la cultura española” (1876-1936), junto a historiadores como Jordi Amat o Andreu Navarra en la literatura, Nicolás Sesma Landrin en la historiogafía o Idoia Murga Castro en lo que se refiere a las artes escénicas (y ningún buen lector debería perderse él catálogo de su flamante exposición Poetas del cuerpo. La danza de la Edad de Plata). Algunos de ellos trabajan desde la Universidad (o a pesar de ella…), y según los más pesimistas serán quienes apaguen la luz de estos estudios, lectores sin lectores, últimos representantes de una estirpe de las Humanidades. A la espera de que los hechos desmientan las profecías, podemos seguir leyendo y releyendo los libros que Fuster ha editado, con particular insistencia en Azorín y Julio Camba, con calas en Santiago Ramón y Cajal, Santiago Rusiñol, Rubén Darío o hasta el padre Benito Jerónimo Feijoo
Pero es verdad que Fuster siempre ha mostrado sin tapujos una debilidad palpitante por la figura de Pío Baroja, al que sólo en una ocasión ha editado directamente (sus Semblanzas), pero al cual ha abordado con la intermediación de otros autores, como el propio Azorín (reeditando, muy ampliado, su Ante Baroja), Camilo José Cela (Recuerdo de don Pío Baroja) o el doctor Luis Sánchez Granjel (El último Baroja). También había dedicado Fuster a Pío Baroja su único libro hasta hoy, procedente de su tesis doctoral, Baroja y España. Un amor imposible, que ante todo era un minucioso y conseguido análisis de El árbol de la ciencia. Pero ahora Fuster ha querido explicar que “no se entiende a Baroja sin los Baroja” (p. 95), de modo que, de la mano de los libros de recuerdos que los propios aludidos escribieron (no sólo las memorias de don Pío sino, por supuesto, Los Baroja, de Julio Caro Baroja, o ese libro precioso pero tan amargo de la madre de éste, doña Carmen Baroja y Nessi), el joven investigador ha escrito un volumen felizmente divulgativo pero incisivo cuando debe serlo, de estilo ligero pero penetrante en determinados detalles, breve pero completo, sintético pero suficiente. El asunto hubiera dado para dos mil páginas de reflexiones, divagaciones y aun digresiones, pero Fuster ha querido ser comunicativo, ofreciendo lo que será un recordatorio muy sugestivo para quienes ya hayan pasado por los libros citados, y lo que tal vez constituye un pequeño pero meritorio compendio para los nuevos interesados, como una introducción a la insoslayable lectura directa de la obra de los protagonistas de estas páginas, a los que Fuster, justificadamente, se refiere a menudo como “clan”.

Nos ha gustado la importancia que el autor da a las casas (las de Juan Álvarez Menizábal y Ruiz de Alarcon en Madrid, el caserón de Vera de Bidasoa…), los párrafos finales del capítulo dedicado a Ricardo Baroja y el modo de re-abordar una figura tan hipercomentada como la del autor de las Memorias de un hombre de acción: esa mezcla curiosa (pero no infrecuente) de sedentarismo y anhelos en alguien probablemente más huraño que introvertido, y sobre todo muy celoso de su independencia, austero, y trabajador inflexible, no tanto por vocación como por la convicción de que las cosas nunca se le tuercen del todo a aquel que siempre, sin apresurarse pero sin vacaciones, está dedicado a su tarea. Es algo que nos sucede a muchos: llega un momento en el que no es fácil distinguir felicidad de tranquilidad, y para estar tranquilos hay que estar produciendo, en parte por satisfacer el afán creativo pero sobre todo por las prosaicas necesidades del día a día. Y, sea como sea, si alguien estuviera tentado de atribuir ausencia de grandeza en una vida como ésa, un tanto frailuna, olvida que las cosas esenciales de la vida de alguien ocurren no tanto en la realidad como en el pensamiento, en la imaginación, en los sueños… y Baroja entregó un buen número de libros que demuestran que su vida, en ese sentido, fue majestuosa, rebosante de una riqueza a la que accedía más en su mesa de estudio que a la hora de sentarse a comer con los demás, mucho más hablador consigo mismo, y en sus papeles, que con un prójimo ante el que mostró más cordialidad que complicidad.

Hay muchos momentos altos en este libro, citas muy bien escogidas (Ernesto Giménez Caballero escribió que Baroja “tocaba las nubes con la boina”…), y a veces hasta los cabos sueltos son virtudes. No siempre, claro (Darío Baroja, muerto con veinticuatro años, merecía sin duda más espacio que las pocas menciones que recibe, y si esa marginación se debe a lo poco que sus familiares hablaron de él en sus libros entonces habría que escarbar en ese silencio, tan locuaz, o por lo menos tan misterioso…), pero hay un momento (pág. 127) en el que Pío Caro Baroja habla de unas cartas que su padre, el editor Rafael Caro Raggio, envió durante la Guerra Civil desde Madrid, donde estaba aislado, a su mujer y sus hijos, que sobrevivían como podían en el caserón de Itzea. Aquéllas eran “cartas llenas de tristeza, con destellos de ilusión y constantes recuerdos a Julio y a mí, cartas de un hombre que lo ha perdido todo y que escribe a una familia que a veces duda de su existencia por parecerle irreal. Son cartas llenas de un cariño profundo, puro, poético, escritas con los ojos empañados por las lágrimas y en las que cada palabra aislada encierra años de vida, de recuerdos y de sentimientos”. Hasta donde sabemos, esas cartas no se han publicado nunca, y nosotros queremos leerlas, de modo que, amigo Fuster, póngase, por favor, a ello.